Llévalos siempre grabados en tu mente y átalos alrededor de tu cuello. Cuando camines, te guiarán; cuando te acuestes, te protegerán; cuando despiertes, conversarán contigo. Porque el mandato es lámpara, la enseñanza es luz y la reprensión que corrige es camino de vida.

 

Todos, sin excepción, precisamos orientación, dirección, criterios para poder ordenar y vivir nuestra vida. Precisamente los mandatos del Señor tienen como finalidad proveernos de un entorno y un marco de seguridad y protección que nos permita desarrollar nuestro proyecto de vida.

Pienso que un buen paralelismo es el código de circulación de cualquier país. La finalidad del mismo no es amargarnos ni fastidiarnos la vida, antes al contrario, se trata de protegerla y proteger la de los demás. A fin de que esto sea posible impone restricciones en algunas ocasiones, recomendaciones en otras y nos alerta de posibles peligros. Uno puede ver el código como un amigo o como un enemigo, la manera como lo percibamos determinará cómo nos adaptemos a él.

Sin embargo, la industria del automóvil fabrica cada vez coches más rápidos, más potentes y con más prestaciones ¿De qué sirve tener un coche que puede circular a 200 kilómetros por hora si nuestras autopistas tienen un límite de velocidad de 120? La tentación es saltarse el límite para poder vivir toda la intensidad del automóvil. Esto me hace pensar en que no todo aquello que tengo el potencial para llevarlo a cabo o todas las cosas que están a mi alcance me convienen. Hay cosas que puedo hacer, que está a mi mano el llevarlos a cabo, sin embargo no me son beneficiosas. 

Proveer un marco de seguridad y protección y ayudarnos a discernir lo que podemos hacer y lo que debemos hacer son algunos de los grandes beneficios que los mandamientos del Señor nos otorgan.