Apretar la leche produce manteca,

apretar la nariz produce sangre,

apretar la ira produce riñas

 

A diferencia de la ira -un sentimiento legítimo de indignación ante algo que percibimos como injusto, inaceptable y que atenta contra nuestro sistema de valores o código ético- la rabia es una sentimiento negativo y destructivo.

La ira, pierde su legitimidad cuando se descontrola y se convierte en rabia. Esta puede ser un sentimiento destructivo hacia uno mismo y hacia los demás. La rabia, cuando es reprimida, nos destruye a nosotros mismos. La rabia, cuando es expresada, puede destruir a otros y, a menudo, también a nosotros mismos en el proceso. 

Por eso, el control de uno mismo, la lucha contra la rabia, el callar, el retirarse a tiempo es un tema recurrente en el manual de la vida una y otro vez. La rabia entra en confrontación con la ira exigiendo una respuesta rápida, efectiva, que responda al agravio sufrida. La rabia no se para a medir las consecuencias para nosotros y para los demás y ejerce su presión sobre la ira. El sabio sabrá controlarla sin verla como una derrota personal o un fracaso ante el aparente triunfo de la persona ofensora.

Uno de los frutos del trabajo del Espíritu de Dios en nuestra vida es, precisamente, el dominio propio. Cuando la ira viene a nuestras vidas podemos hablarla, compartirla, echarla sobre Dios, procesarla con Él y permitir que su paz, en vez de la rabia destructiva, llene nuestros corazones.

El sabio lo hará, el necio se dejará llevar por el calentón y acabará enrabiado.