Como ciudad sin muralla y expuesta al peligro, así es quien no sabe dominar sus impulsos.

Desprotección y vulnerabilidad son las dos palabras que vienen a mi mente al pensar en una ciudad -especialmente en la antigüedad- que estaba carente de murallas, sus enemigos podían hacer con ella cualquier cosa que quisieran.

Si sigo el razonamiento del manual para la vida sucede lo mismo conmigo y con cualquier otra persona que sea incapaz de controla sus impulsos, nos encontramos desprotegidos y vulnerables, resulta que nos hemos convertido en nuestros propios peores enemigos.

Lo cierto es que todos tenemos, en cierta medida, una incapacidad de controlarnos a nosotros mismos. Es una más de las terribles consecuencias del pecado, es decir, nuestro deseo de vivir independientes y al margen del Señor y su autoridad. Nos hemos roto interiormente y eso se manifiesta, entre otras maneras, por una capacidad de controlar nuestros impulsos, incapacidad que, en ocasiones, es creciente y nos hace la vida más difícil y complicada a nosotros mismos y a los demás. En casos extremos esto puede llevar a la destrucción de la personal.

Ahora bien, Proverbios indica el problema pero, sin embargo, no muestra o señala cuál podría ser la solución a este conflicto. Por eso ha venido a mi mente el pasaje de Gálatas 5: 22 y 23 en el cual se indica que uno de los frutos del Espíritu Santo es el dominio de uno mismo. Dicho de otro modo, en la medida en que permito que el Señor controle mi vida por medio de su Espíritu esta va cambiando y una de las cosas que voy ganando es en la capacidad de dominar mis impulsos con lo cual, gano en protección y reduzco mi vulnerabilidad.