No hables a oídos del necio, pues desoirá tus sensatas razones.

La vida tiene una tendencia natural a volverse más y más compleja. Por otra parte, el mundo en el que nos ha tocado vivir está en constante cambio y evolución, lo cual, no es malo ni bueno, simplemente es. Este continuado cambio hace que tomar decisiones y orientarse en un panorama ético, moral, social y cultural tan poliédrico sea cada vez más complejo, difícil y delicado. 

La toma de decisiones, la construcción de un proyecto vital personal en semejante contexto es una tarea harto complicada. Se precisa de buenas dosis de reflexión, de retroalimentación sobre nuestros puntos ciegos, del consejo de personas con más perspectiva, experiencia y sabiduría. Muchos de nosotros tenemos mucha más información que generaciones pasadas, sin embargo, eso no implica, ni de largo, que seamos más sabios y más capaces de orientarnos en la complejidad del mundo.

Ahora bien, podríamos afirmar que vivimos en la sociedad de la información pero también en la sociedad de la necedad. Cada vez más y más tomamos nuestras decisiones sin considerar lo que Dios tiene a decirnos y lo que piensa acerca de la vida y cómo vivirla. Esta es la definición de necio según la Biblia.

Escuchar a Dios, parar atención a sus consejos implica dos cosas, primero, la disponibilidad del corazón a escuchar, lo cual implica un reconocimiento de nuestras limitaciones y la complejidad de la tarea a afrontar. Segundo, la inversión de tiempo para discernir la voz del Señor en medio de tantas voces. La reflexión, la oración, la meditación implica tiempo y tiempo de calidad, desgraciadamente preferimos invertirlo en otras cosas. 

Tal vez esa es la razón por la cual la voz de Dios es tan difícil de escuchar en el mundo de hoy, demasiada necedad ¿Por qué habría de perder tiempo el Señor intentando comunicarse con gente que ni tiene la voluntad ni dedica el tiempo?

 

¿No escuchas la voz de Dios en tu vida? Pregúntate ¿Tengo un corazón dispuesto a escuchar? ¿Dedico el tiempo suficiente?