Al hombre le parece siempre recto su camino, pero es Dios quien pesa los corazones.

Mi experiencia personal me indica que siempre puedo encontrar razones para justificar mi acciones y mis omisiones ¡Siempre! Puedo forjar un elaborado discurso que haga razonable a mis ojos y, naturalmente, a los ojos de los demás cualquier acción y cualquier omisión. La creatividad de mi corazón en este sentido no tiene límites y con el paso de los años se ha ido refinando este proceso. Al escribir estas palabras vienen a mi mente las palabras del profeta Jeremías, engañoso es el corazón del ser humano. 

Tal vez el engaño más peligroso de todos el que llevamos a cabo con nosotros mismos, es decir, cuando nos engañamos a nosotros mismos. Es el que produce más oscuridad y menos posibilidades de cambio es, en definitiva, el que debemos de evitar a cualquier precio.

Por eso es tan importante la segunda parte de este fragmento del manual para la vida, pero es Dios quien pesa los corazones. Lo es porque debido a nuestra alta capacidad de engañarnos a nosotros mismos necesitamos de alguien imparcial -pero a la vez que nos ame profunda e incondicionalmente- para que eche luz sobre nuestro corazón y de esta manera podemos ver si estamos actuando u omitiendo de forma correcta o, simplemente, nos estamos justificando, nos estamos engañando.

Traer con humildad el corazón ante la presencia de Dios para que lo pese. Estar dispuesto a escuchar con humildad el veredicto que nos de. Tener la disponibilidad para reaccionar en función de los dictados del Señor. Todo eso nos hará más sabios, más acordes con nuestra vocación de seguir a Jesús.