No digas: "me vengaré del mal"; confía en el Señor y él te salvará.

Este fragmento habla acerca de la venganza. En su origen la venganza podríamos decir que no es mala. Nace de una sensación de injusticia, de haber sido víctima de una acción o una omisión que, según la persona que la padece, merece ser castigada, retribuida.

El Antiguo Testamento, por medio de la ley de talión, regula la venganza y para evitar los excesos la limita a una acción semejante a la recibida, de ahí la expresión, ojo por ojo y diente por diente. Ni menos, pero tampoco más, una venganza, una retribución proporcional a la recibida.

Sin embargo, el manual de la vida y posteriormente el Nuevo Testamento nos señalan un camino más radical, el camino de dejar la retribución en las manos del Señor y, por tanto, renunciar al camino de la venganza que, como todos sabemos, genera una espiral que, en muchas ocasiones, no para de crecer y crecer.

Proverbios nos invita, no a renunciar a la retribución, no a considerar que no tiene gravedad la acción u omisión recibida, no a negar el derecho a que nuestra situación sea vindicada, nos invita a que dejemos esa responsabilidad en las manos del Señor el cual, según dice la Escritura, no tendrá por inocente al culpable. Nos invita a liberarnos de la amargura de tener que castigar por nosotros mismos y, consecuentemente, correr el riesgo de que tanto la amargura como la propia venganza nos arruinen.

 

Jesús ira un paso más adelante al proponernos no ya que no nos venguemos y dejemos la carga en el Señor sino que incluso perdonemos, pero eso, sería objeto de otro estudio.