A los corazones los prueba el Señor.

El que es inteligente
con un regaño aprende,
pero el que es necio
ni con cien golpes entiende.

Cuando hace más de treinta años me uní a la organización cristiana Ágape para trabajar en ella, recuerdo que me comentaron que había dos características que se esperaba de mí y de cualquier otra persona que aspirara a colaborar en la misma: una actitud enseñable y un corazón para Dios.

Durante años no siempre mi vida se caracterizó por hacer gala de ambas cualidades, sino que ahora, visto en perspectiva, me doy cuenta que ni siquiera pensaba que fueran tan importantes y básicas como hoy las veo para poder vivir bien la vida y ser una persona equilibrada y madura.

De nuevo estos versículos del manual para la vida hablan de la importancia de estar abiertos a la retroalimentación, a que otros, especialmente aquellos que nos aman y buscan nuestro bien, nos puedan dar información acerca de aquellos puntos ciegos, aquellas áreas oscuras que existen en nuestra vida. El inteligente -sabio según otras versiones- lo valora y usa en beneficio propio aprendiendo de la situación. El necio ni con cien golpes aprende, su orgullo no le permite reconocer ningún tipo de error o necesitad de cambio. Quien así piensa es con toda seguridad un necio.

Pero hay ocasiones que por diferentes razones nos cuesta aceptar la retroalimentación de otros, incluso de los que nos aman bien. Aquí entra en juego la primera afirmación de Proverbios que nos invita a acercarnos al Señor y en la intimidad dejar que pruebe nuestro corazón, lo tanteé, lo valore, nos de retroalimentación acerca de esas áreas tan sensibles como son las motivaciones, los valores, las actitudes. Areas, todas ellas, mucho más difíciles de exponer a otros y de recibir de otros la retroalimentación tan precisa y necesaria.