Hay quienes hieren con sus palabras, pero hablan los sabios y dan alivio.

¡Qué difícil ha sido, entre todas las enseñanzas de este capítulo para la vida personal, escoger una sobre la cual meditar! Por la que me he decidido habla acerca del poder de las palabras en la vida cotidiana.

Estas tienen un increíble poder para herir o para sanar. Los golpes físicos pueden llegar a curar y, con el tiempo desaparece su impacto, el de las palabras, sin embargo, puede llegar a permanecer de forma permanente. Una palabra puede producir un sufrimiento emocional increíble y duradero. Del mismo modo, una palabra amable, de apoyo, de ánimo, de valoración, de reconocimiento, puede hacer una bien tremendo en la vida de una persona. Es tan poderosa la fuerza de la palabra, tanto para bien como para mal, que el propio libro de Proverbios recomienda el silencio en vez de su mal uso. El silencio, afirma, puede hacer que parezcamos sabios y entendidos aunque seamos necios.

El reto que nos plantea pues el libro de Proverbios es usar nuestras palabras siempre como agentes de restauración, es decir, trayendo sanidad, alivio, consuelo, ánimo y ese largo etcétera. El manual para la vida nos dice que si no podemos decir nada bueno ¡Callemos! Pues al menos no estaremos produciendo un daño del cual después tengamos que arrepentirnos y que produzca sufrimiento a otros.

Buen reto.