MATEO 27:1 y 2; 11-14:15-30; MARCOS 15:1-20; LUCAS 23:1-5;13-23; JUAN 18:1-16

IDEA PRINCIPAL


JESÚS HACE QUE NUESTRAS CONVICCIONES SEAN PUESTAS BAJO PRESIÓN


QUIÉN ERA


Poncio Pilato, también conocido como Pilatos (en latín, Pontius Pilatus), fue prefecto de la provincia romana de Judea entre los años 26 y 36 de nuestra era.

Los detalles de su biografía antes y después de su nombramiento como prefecto son desconocidos, pero han sido suplidos por la leyenda, la cual incluye el supuesto nombre de su esposa, Santa Procula (fue canonizada como santa por la Iglesia Ortodoxa) y el probable nacimiento de Pilatos en Tarraco, la actual ciudad de Tarragona en España.

En el ámbito estrictamente histórico, sabemos que fue designado procurador de Judea por Tiberio, a instancias de su prefecto pretorio, Lucio Elio Sejano, notorio por su talante antisemita.

Pilato intentó romanizar Palestina sin éxito, introduciendo imágenes de culto al César, y trató de construir un acueducto con los fondos del templo. Esto provocó una airada reacción por parte de los judíos que fue interpretada por el procurador como una seria afrenta al poder y autoridad romana y, decidió, por tanto, darles a los judíos una buena lección. Destacamentos de soldados romanos practicaron una auténtica matanza entre los alborotadores y entre peregrinos que en Jerusalén ofrecían los sacrificios en el templo. La sangre de los sacrificios y de los fieles se juntó a los pies del altar del templo.

La noticia de esta matanza, no sólo provocó una gran reacción en toda Judea sino que llegó también a la misma Roma. Sin embargo, Pilato recibió la protección de su mentor, Sejano, que como hemos mencionado era un notable antisemita. Pero las intrigas políticas en la capital del Imperio hicieron que Sejano perdiera el poder y fuera ejecutado junto con sus colaboradores. La política imperial hacia los judíos cambió y se enfocó hacia la tolerancia. Pilato, cuyos vínculos con el ahora traidor Sejano eran de todos conocidos se encontró en una posición política débil.

Los dirigentes del pueblo judíos supieron utilizar muy bien en beneficio propio esta precaria posición de Pilato y cuando se resistió a condenar a Jesús lo acusaron de ser enemigo del emperador. Sin duda, nada podía causar más inquietud en el procurador que una acusación de ese tipo.


EN QUÉ CIRCUNSTANCIAS SE ENCONTRARON


Después del simulacro de juicio ante el Sanedrín, en el cual Jesús fue condenado a muerte. A pesar de haberlo sentenciado a la pena capital, las autoridades judías no tenían la autoridad para ejecutar a ningún reo, ese era un privilegio que pertenecía únicamente al ocupante romano. Así pues, a pesar de todas sus ganas de ajusticiar a Jesús, precisaban de la aprobación del procurador romano ante el cual llevaron su caso.

Jesús fue conducido ante el palacio del procurador. Sin duda debe de tratarse de la torre Antonia, una poderosa fortaleza construida por los romanos en las cercanías del templo de Jerusalén, para albergar a la guarnición romana que controlaba la ciudad y el orden público. Pilato, debido a su repugnancia hacia el pueblo judío, gobernaba la provincia desde Cesarea, a orillas del Mediterráneo, una ciudad ampliamente romanizada. En aquellos momentos se encontraba en Jerusalén debido a la proximidad de la fiesta de la Pascua.

Es precisamente esta cercanía de la fiesta, era la víspera, la que hace que los acusadores de Jesús no deseen entrar en la residencia de Pilato, de haberlo hecho, habrían quedado ritualmente impuros y, consecuentemente, no habrían estado en condiciones de celebrar la Pascua. El procurador debe salir para encontrarse con ellos y tratar el asunto. Jesús fue entregado al Procurador y éste procedió a interrogarlo.


QUÉ IMPACTO PRODUJO EL ENCUENTRO EN SU VIDA


Sin duda, de los textos bíblicos se deduce que Pilato era un buen conocedor de la naturaleza humana. No le fue difícil discernir las auténticas motivaciones por las cuales Jesús había sido juzgado y condenado. Tampoco le fue difícil apreciar la total inocencia del Maestro. El procurador se encontraba juzgando a un inocente que había sido llevado ante él por oscuras razones políticas.

Jesús debió de producir un gran impacto en Pilato. El gobernante romano era una persona carente de escrúpulos. Como hemos visto había perpetrado matanzas de judíos con el único propósito de afianzar la autoridad de Roma. Condenar o no a un inocente no debía ser algo que le preocupara excesivamente y, además, podría ser una buena posibilidad de congraciarse con las autoridades locales y seguir la nueva política del Imperio, la tolerancia hacia los judíos y su religión.

Sólo ese impacto explica sus deseos de salvar a Jesús y dejarlo libre. Reconoció la total ausencia de delito en Jesús y así lo manifestó públicamente a sus acusadores. Sabía de su inocencia y de las motivaciones de los judíos. Además, había recibido una clara advertencia de parte de su mujer acerca de la inocencia del acusado. Realmente, en honor a la verdad, hemos de reconocer que el procurador hizo todo lo que estaba a su mano, incluso intentó eludir la responsabilidad de juzgarlo y, al enterarse de su origen galileo, pretendió que fuera Herodes, quien ejercía la autoridad sobre aquella parte del territorio de Palestina.

Pilato recibió fuertes presiones para someterse a los deseos de los que buscaban la muerte de Jesús. El Maestro fue acusado de ser un alterador del orden público, de proclamar que no debía de pagarse tributo al emperador romano y de haberse proclamado rey. Los argumentos parecían de suficiente peso para que un gobernador poco escrupuloso como Pilatos tuviera el camino allanado para condenar a muerte a Jesús, sin embargo, a pesar de esas presiones continuó resistiendo y negándose a condenar a un inocente.

Pero los dirigentes del pueblo judío no estaban dispuestos a soltar su presa simplemente por súbita sensibilidad de la conciencia del procurador. Probablemente, como hemos mencionado al describir a Pilato, los dirigentes judíos eran conscientes de la precaria situación política en que éste se encontraba. Amigo de Sejano, aquel que había intentado derrocar a Tiberio y había pagado con su vida sus pretensiones, Pilato sería muy sensible a la última de las presiones, si liberas a este no eres amigo del emperador.

Aquello fue demasiado para él y conocedor de su vulnerable situación accedió a los deseos del pueblo manipulado por sus dirigentes y entregó a Jesús para que fuese ejecutado. Hizo el acto simbólico de lavarse las manos, como si con ello pudiera limpiarse de la culpabilidad de sucumbir a las presiones políticas y ajusticiar a un inocente. Pilato sabía lo que era correcto. El procurador sabía lo que era justo y lo que era verdad, pero su interés personal y las presiones recibidas fueron mucho más poderosas y sucumbió ante ellas.


QUÉ APLICACIÓN TIENE PARA NOSOTROS


Todos nosotros, a diferente nivel, nos hemos visto, nos estamos viendo o nos veremos ante una disyuntiva similar a la que tuvo que enfrentar Pilato.

Situaciones en las que podemos distinguir con claridad meridiana lo correcto de lo incorrecto. Situaciones en las que podemos identificar la verdad y distinguirla de la mentira y del error. Situaciones en las que nos damos cuenta cuál es el camino más apropiado que deberíamos seguir. Nuestra conciencia nos lo indica, nuestro corazón nos lo confirma, la realidad lo grita, sin embargo….

Sin embargo, a pesar de todo lo dicho en el párrafo anterior, sucumbimos. En ocasiones lo hacemos por puro interés personal. Un interés que hace que quede de lado todo lo demás. En otras ocasiones lo hacemos ante las presiones, presiones que nos ponen en una situación de riesgo que no deseamos asumir.

Nuestra respuesta a veces, es una respuesta de activa involucración en hacer, en seguir, aquello que sabemos que no es correcto pero nos gratifica o interesa. Otras veces, es más similar a la actitud de Pilato, nos lavamos las manos, con la pretensión de que no estamos de acuerdo con lo que otros hacen. Este lavarse las manos nos hace sentir que somos moralmente superiores a aquellos que siguen lo incorrecto, que estamos por encima de ellos. Pero es pura hipocresía porque, como en el caso del procurador, los otros no podrían hacerlo sin nuestra cobardía disfrazada de indignación, sin que nosotros previamente hubiéramos rendido nuestras convicciones íntimas ante sus presiones.

Nuestras convicciones se verán a menudo bajo presión. La tentación es ceder de una manera u otra. Ceder haciendo lo malo, o ceder por cobardía debido al miedo de enfrentarnos a los que desean hacer el mal. Lavarnos las manos no nos eximirá de responsabilidad.


PREGUNTAS DE APLICACIÓN


1. ¿Estás viviendo situaciones en las que tus convicciones están sometidas a presión?

2. Si la respuesta es afirmativa ¿Qué presiones estás recibiendo, de quién proceden?

3. ¿Cuáles serían las consecuencias de sucumbir?

4. ¿Cuál es el precio a pagar por no sucumbir?

5. ¿Qué ayuda puedes encontrar en la Escritura para poder soportas esas presiones y hacer lo que es correcto?