MATEO 16:21-28

IDEA PRINCIPAL

UN ENCUENTRO CON JESÚS PONE DE MANIFIESTO EL CONFLICTO ENTRE LOS VALORES DEL REINO DE DIOS Y LOS DE LA SOCIEDAD

QUIÉN ERA

Nuestro protagonista ya es bien conocido.

EN QUÉ CIRCUNSTANCIAS SE ENCONTRÓ

Mateo introduce este pasaje diciendo, a partir de entonces. Eso no significa, necesariamente, que el episodio aquí narrado sucediera inmediatamente, antes al contrario, quiere poner de manifiesto que la declaración de Pedro acerca de la identidad de Jesús había marcado un antes y un después en el ministerio del Maestro y en su comunicación con sus discípulos. Desde aquel momento clave, Jesús pensó que estaban en condiciones o, al menos, que debían de saber acerca del propósito de su muerte y resurrección.

Esta es la primera vez que les habló de forma clara y directa acerca de su sacrificio redentor a favor de la humanidad y, como no podía ser de otro modo, ya que no hay redención sin sufrimiento, les comunicó que en Jerusalén le esperaba el padecimiento y la muerte a manos de los religiosos. En este contexto, Pedro, impulsivo como siempre, decide intervenir y llamar aparte al Maestro para darle consejos acerca de cómo, según su opinión, Jesús debería proceder.

QUÉ IMPACTO PRODUJO EL ENCUENTRO EN SU VIDA

Ninguno de nosotros puede dudar de las buenas intenciones que movieron la actuación de Pedro. Su querido Maestro acaba de comunicarles que va a Jerusalén a sufrir y a morir en manos de la gente religiosa de su tiempo. El discípulo habla con Jesús y le indica que de ninguna manera eso ha de sucederle. Es normal, en su concepción del mundo, en su escala de valores, el dolor y el padecimiento es algo que es preciso evitar a todo precio y, consecuentemente, algo que Jesús no debe de padecer, algo que había que impedir que sucediera en su vida.

La respuesta de Jesús nos deja helados y podemos intentar ponernos en la piel del pobre Pedro y tratar de entender cómo debió de sentirse. Jesús le responde de una forma agresiva, tajante y enormemente directa diciéndole, ¡Apártate de mí, Satanás, pues me pones en peligro de caer! ¡Tú no ves las cosas como las ve Dios, sino como las ven los hombres!

Jesús acaba de decirles algo de tremenda importancia, que no hay redención posible sin dolor, sufrimiento y, en su caso, la muerte. La redención es un valor del Reino de Dios y está, al hacerse al exigir un sufrimiento redentor, convierte este mismo sufrimiento en otro valor deseable y necesario del Reino.

Este encuentro privado entre Pedro y Jesús provoca un conflicto de valores. Por un lado los de Pedro, que reflejan fielmente los de su sociedad, la huida del dolor, el evitarlo siempre que sea posible. Por otro lado, los de Jesús, que representan los de Reino y que nos indican que el dolor es el camino hacia cualquier tipo de redención.

Esta confrontación representa dos maneras de ver y entender el mundo. La manera de Dios y la de la sociedad y pone de manifiesto, evidencia, como en tantas y en tantas ocasiones ambas pueden ser, no sólo diferentes, sino también contradictorias y excluyentes mutuamente. La lógica del mundo no encaja con la lógica de Dios. Vuestros caminos, como dice el Señor, no son mis caminos, ni vuestros pensamientos mis pensamientos.

Si Jesús hubiera seguido los bienintencionados consejos de Pedro hubiera sido del todo imposible para Él llevar a cabo nuestra redención ya, que como la misma Escritura indica, sin derramamiento de sangre no hay perdón de pecados.

QUÉ APLICACIÓN TIENE PARA NOSOTROS

Como nosotros vemos el mundo determina los valores que adaptamos y, estos valores, serán los que gobernarán y regirán nuestra vida cotidiana, nuestras acciones y nuestras omisiones, nuestras prioridades y estilo de vida.

Cuando nos encontramos con Jesús todos nuestros valores son confrontados. Estos valores, responden a nuestra cosmovisión, es decir, a nuestra manera de ver y entender de la realidad. Por eso, Pedro, al ser confrontado con Jesús tiene que escuchar que él no ve las cosas como las ve Dios.

Un encuentro con Jesús demanda de nosotros un cambio en nuestra cosmovisión. Exige que comencemos a ver las cosas tal y como Dios las ve y percibe. Este cambio en nuestra manera de ver las cosas va seguido por un cambio en nuestros valores, es decir, un cambio en las cosas que son importantes y rigen nuestra conducta.

Un encuentro con Jesús nos llevará entre otros cambios a entender que no podemos convertirnos en colaboradores de Dios en su proceso y propósito de redimir el mundo si insistimos en vivir hedonísticamente, buscando activamente nuestro propio placer y huyendo a todo precio del dolor y del sufrimiento.

Del mismo modo que Jesús no podía completar su trabajo de redención sin padecer, así mismo, nosotros tampoco podremos colaborar con Él sin padecer. Nuestro padecimiento puede ser físico –todavía hay muchos lugares donde los cristianos sufren físicamente por su fe en Jesús- Podrá ser social –nuestra pública identificación con el Maestro puede llevarnos a muchos tipos de exclusión social- Y también emocional. Hay un sufrimiento emocional que proviene de sentirnos rechazados por nuestra fe en Jesús. Hay un sufrimiento emocional que viene como consecuencia de renunciar a nuestros legítimos derechos y necesidades a fin de poder ministrar a otros en su situación de necesidad.

Un encuentro con Jesús ha de convertirnos en gente que ve el mundo como Dios y, consecuentemente, responsablemente, vive siguiendo los valores de Dios, incluido el tan temido sufrimiento.

PREGUNTAS DE APLICACIÓN

1. ¿Cómo ves el mundo, como Dios o como la sociedad que te rodea?
2. ¿Cuáles son tus valores, los de Dios o los de la sociedad que te rodea?
3. Tu actitud ante el sufrimiento redentor –lo que estás dispuesto a sufrir a fin de que otros puedan ver sus vidas ministradas- puede ayudarte a medir la coherencia de tu manera de ver el mundo y tus valores
4. ¿Hay personas a tu alrededor a las que puedes ayudar a redimir? ¿Qué precio has de pagar para ello? ¿Incluye el sufrimiento?