Por eso, tú, quienquiera que seas, no tienes excusa cuando te eriges en juez de los demás. Al condenar a otro, tú mismo te condenas, por cuanto tú, que te eriges en juez, no eres mejor que los demás. 

El contexto de este pasaje es la culpabilidad delante de Dios de toda la humanidad. Pablo dice que tanto judíos como no judíos son culpables ante el Señor. 

Ciertamente los judíos tiene la Ley de Moisés pero, como muy bien dice el apóstol, es el cumplimiento de la misma y no su conocimiento lo que vale ante el Señor. Por otra parte, los no judíos, tienen su conciencia y está determina si sus estilos de vida son correctos o incorrectos. Por tanto, todo ser humano tiene un sentido de responsabilidad ante Dios le guste o no. Los unos, por tener la Ley, los otros, por tener conciencia.

Ahora bien este pasaje tiene también otra aplicación más cercana para cualquier ser humano en general y cualquier seguidor de Jesús en particular y tiene que ver con juzgar a otros. 

Desde el momento en que juzgo las conductas, omisiones, actitudes y valores de otros estoy reconociendo la existencia de un concepto del bien y del mal, de lo correcto y lo incorrecto. Concepto que, precisamente, uso para juzgar a los demás.

Lo que sucede es que ese mismo concepto se vuelve contra mí y juzga mi propia vida. Mi tendencia es a acusar a otros y excusarme a mí mismo en esas cosas que señalo en otros, sin embargo, la Biblia me indica que ese doble juego no es válido ni está permitido. Nosotros, afirma Pablo, no somos mejores que los demás y si no somos culpables en las cosas que señalamos en otros lo somos el cosas similares.

¿Cuál es la aplicación? Ser más misericordiosos con el prójimo. Pasar por alto más las ofensas y las injusticias que, reales y aparentes, sufrimos. Perdonar, para que así nosotros mismos seamos perdonados. Porque como bien dice el evangelio, con la misma severidad que juzgues a otros te juzgarán a ti.

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