La misión de la Ley era hacernos conscientes del pecado.

Hay multitud de pruebas médicas que tienen como finalidad poner de manifiesto la existencia de una enfermedad. Las pruebas no son responsables de la patología, no la producen ni la generan, únicamente la sacan a la superficie, permite que podamos identificarla y, consecuentemente, podamos afrontarla y tratarla.

El pecado, en su esencia, es una actitud. Una actitud de rebelión, de independencia, de vivir al margen de Dios, de espaldas a Él. Precisamente debido a que se trata de un problema de corazón y no de la conducta puede pasar desapercibido para muchos de nosotros. El exterior, lo que otros ven, está bien aunque el interior, donde anida el pecado, esté totalmente corrupto.

Esa es, precisamente, la finalidad de la Ley, poner de manifiesto que existe un problema interno de rebelión e independencia con respecto a Dios. La Ley no crea el pecado, simplemente lo pone de manifiesto al hacer notorio nuestra flagrante incapacidad para cumplirla y vivir bajo sus preceptos por mucho que los consideremos correctos y válidos para nosotros. 

Mi incapacidad para cumplir los mandatos del Señor, bien porque no quiero, o bien porque no puedo, pone de manifiesto un problema en nuestras vidas al que debemos dar solución. 

Esta es la finalidad de la Ley, que no tiene como propósito salvarnos, sino más bien evidenciar un problema serio y profundo. 

Lee Romanos 3:9-20