Pues si uno que no está circuncidado cumple los preceptos de la ley ¿no lo considerará Dios como circuncidado a pesar de no estarlo? Es más, el que sin estar físicamente circuncidado cumple la ley, te juzgará a ti que estás circuncidado y posees la ley escrita, pero no la cumples.

Pablo, cuando escribe, usa una forma de lenguaje que se llama "diatriba" consiste en exponer sus ideas contestando las preguntas de un hipotético lector, y eso es lo que este pasaje del libro de Romanos expone.

El apóstol tiene en mente al escribir a los judíos. Ellos tenían la ley de Moisés, se consideraban en posesión de la verdad absoluta dada directamente por Dios, la conocían, meditaban y memorizaban, consecuentemente, se consideraban moralmente superiores a todos los demás mortales y con derecho de juzgarlos y, aún más, condenarlos.

Pero Pablo les escribe estas duras palabras, si alguien practica la ley sin conocerla, tiene más mérito y valor a los ojos del Señor que aquel que la conoce y, sin embargo, no la vive ni la tiene incorporada. El apóstol viene a decir que ante Dios la ortopraxis -la práctica correcta- tiene más valor que la ortodoxia -la creencia correcta-. No lo digo yo, lo dice Pablo, pero tal vez tenía un mal día y no sabía lo que decía.

La aplicación para mi vida, para nuestra vida es clara. Está bien tener la ortodoxia correcta y sentirse orgulloso de la misma. Pero, a los ojos de Dios, no sirve absolutamente para nada si no va acompañada de la ortopraxis correcta. 

Aún más, podría darse el caso de que muchos a los que nosotros despreciamos, juzgamos y condenamos, estén más en línea con la voluntad de Dios y agrandándole que nosotros mismos pues, al fin y al cabo, viven los valores del evangelio aunque no crean en él.

Esto, que entiendo que es peliagudo, trae a mi mente algunos pasajes del evangelio y algunas palabras de Jesús que me dejan hondamente preocupado: los publicanos y las prostitutas van por delante vuestro en el Reino de los cielos, y aquel inquietante pasaje de Mateo capítulo 25 acerca del juicio final.

¡En fin! Pablo nos da materia prima para pensar y meditar acerca de cómo vivimos y el peligro de tener la falsa seguridad de que creyendo lo correcto, aunque no lo vivamos, todo está bien.