Nosotros, los que tenemos una fe bien formada, debemos prescindir de nuestro propio gusto y cargar con las debilidades de quienes no la tienen todavía. Que cada uno de nosotros procure agradar a los demás, buscando su bien y su crecimiento en la fe. Porque tampoco Cristo buscó su propia satisfacción; al contrario, como dice la Escritura: los insultos de quienes te insultan han caído sobre mí.

 

Pablo continúa con el mismo tema de las diferencias, los juicios, la búsqueda de la paz y la concordia entre los seguidores de Jesús. Aquí le da una nueva vuelta de tuerca al asunto y añade que cada uno, sin excepción, debe, por tanto es responsable, de agradar a los demás y buscar su propio bien.

El apóstol no puede ser más explícito en el objetivo que hemos de tener. No nos ha dicho ni en una ocasión, ni tan sólo una, que estemos enfocados en defender la doctrina o los énfasis que nos son propios, énfasis por otra parte totalmente legítimos, pero si nos insiste de forma reiterada sobre la importancia y la necesidad de todo lo anteriormente dicho como preciso para el buen funcionamiento del cuerpo de Cristo. 

Dada que nuestra tendencia natural es todo lo contrario debe apelar a algo que nos produzca suficiente motivación y en este caso se trata del ejemplo de Jesús a quien seguimos. El Maestro no buscó su propio bien ni satisfacción, antes al contrario, todo lo supeditó a nuestro bien, a nuestra bendición a nuestro bienestar integral. Pablo viene a decir que cuando estemos tentados al juicio, el desprecio, la condena, la exclusión o la descalificación, pensemos en el ejemplo del Maestro y su entrega, humildad y renuncia nos lleve a buscar la paz, la edificación y el bien del otro por encima de cualquier otra consideración.

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