¿Cómo te atreves, entonces, a erigirte en juez de tu hermano? ¿Quién eres tú para despreciarlo?

 

Pablo habla en este pasaje acerca de las diferencias de opinión y conducta y cómo debemos de reaccionar ante ellas. Mi experiencia me enseña que los seres humanos, incluidos los seguidores de Jesús, tenemos una tendencia, en ocasiones enfermiza, hacia la uniformidad, a que todos pensemos y opinemos de la misma forma, de la forma correcta que, naturalmente es la nuestra. Contrariamente, todo en la creación de Dios nos muestra y enseña diversidad. El mismo Pablo hablando a los seguidores de Jesús que se reunían en Corinto habla de que es el Espíritu Santo el autor de la diversidad.

Pablo habla de que hay dos errores que podemos y, a menudo, cometemos (tal vez deberíamos llamarlos pecados) uno es juzgar a los otros y el otro es despreciarlo. Ambas conductas  demuestran una actitud de superioridad hacia el otro. Nos pensamos que somos mejores o que tenemos la verdad, en contraste con el otro que está equivocado y es un pecador, carnal, poco espiritual y un largo etcétera. Naturalmente justificamos nuestro juicio o desprecio con argumentos espirituales, bíblicos o teológicos. Son precisamente estos los que nos proveen la base para condenar y/o despreciar a los demás. En esto, como diría Jesús, el que esté libre de pecado puede tirar la primera piedra.

No obstante el apóstol indica con total y absoluta rotundidad que no se nos ha concedido semejante derecho que, como el mismo indica corresponde únicamente al Señor que será quien nos juzgará a cada uno de nosotros. Nos ayudaría en las relaciones personales, eclesiásticas y también denominacionales el aplicar este principio de respeto hacia la diversidad y aversión hacia el juicio y el desprecio y siempre aplicar la gracia y la misericordia junto con altas dosis de tolerancia.

Lee Romanos 14:1-12