No hagáis del amor que tenéis una comedia. Aborreced el mal y abrazad el bien.

Amaos de corazón unos a otros como hermanos y que cada uno aprecie a los otros más que a sí mismo.

Si se trata de esforzarse no seais perezosos.

Manteneos espiritualmente fervientes y prontos para el servicio del Señor.

Vivid alegres por la esperanza, animosos en la tribulación y constantes en la oración.

Solidarizaos con las necesidades de los creyentes.

Practicad la hospitalidad.

Bendecid a los que os persiguen y no maldigáis jamás.

Alegraos con los que están alegres y llorad con los que lloran.

Vivid en plena armonía unos con otros.

No ambicionéis grandezas, antes bien, poneos al nivel de los humildes. Y no presumáis de inteligentes.

A nadie devolváis mal por mal. Esforzaos en hacer el bien ante cualquiera.

En cuanto a vosotros dependa, haced lo posible por vivir en paz con todo el mundo y no toméis la justicia por propia mano.

 

Los primeros ocho capítulos de esta carta estaban dedicados a explicar cómo ante la necesidad humana Dios había puesto en marcha su plan de restablecernos en una relación de amistad con Él.

Después vino el paréntesis de los capítulos 9 al 11 donde el centro fue Israel y su relación con el plan de salvación de Dios. Acabado este paréntesis Pablo entra en una nueva sección de su epístola que está orientada a proveer consejos prácticos para la vida de los seguidores de Jesús. El primero de los mismos, el doce, no tiene ningún desperdicio y está saturado con desafíos para la vida cotidiana de cualquier cristiano, desafíos que son potentes y serios.

Al leerlos me ha parecido que era un excelente material para una evaluación personal y/o comunitaria. Es decir que cualquier seguidor del Maestro y cualquier comunidad podrían contrastarse con lo aquí expuesto y ver cómo están y en qué áreas es necesario trabajar.

Esa es mi invitación para cualquier lector.

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