En todo caso, la fe se despierta por la proclamación del mensaje, y el mensaje proclamado es Cristo.

El capítulo diez de la larga carta que Pablo escribió a los seguidores de Jesús que vivían en Roma se centra también en el pueblo de Israel. La tesis de esta parte de la epístola es sencilla: los judíos buscan a Dios pero lo hacen a ciegas y en su deseo de alcanzar la salvación han desestimado los medios que el Señor ha provisto para ello.

En ese contexto de apóstol hace la afirmación de que el mensaje es Jesús, no únicamente el ser humano, sino también el Cristo, el ungido del Señor, el escogido por Él para traer al genero humano la posibilidad de reconciliación con Dios.

Y este pasaje me reta a evaluar el mensaje que proclamo. Jesús, su muerte y su resurrección que nos brinda la posibilidad de volver a ser amigos de Dios y ser el tipo de ser humano que Dios pensó y el pecado hizo inviable ha de ser el centro. 

No debo añadir elementos culturales o religiosos que impidan que este centro brille y se pueda percibir con claridad. No debo permitir que mis sistemas teológicos o culturas denominacionales -legítimas ambas por otra parte- se alzadas a la misma altura y al mismo nivel. No puedo poner sobre los hombros de las personas que se desean acercar a Dios cargas que no tengo derecho a poner y que ni siquiera el Señor pone.

Que Jesús brille, que su persona, obra y gracia sea el centro y que el Espíritu sea quien se encargue de convencer a las personas de su necesidad de Dios.

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