Seguro estoy de que nada, ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni cualquiera otra suerte de fuerzas sobrehumanas, ni lo presente, ni lo futuro, ni poderes sobrenaturales, ni lo de arriba, ni lo de abajo, ni criatura alguna existente, será capaz de arrebatarnos este amor que Dios nos ha mostrado por medio de Cristo Jesús, Señor nuestro.

 

Nada nos podrá arrebatar el amor incondicional, voluntario, sacrificial, gracioso e intencional de Dios hacia nosotros. Nada podrá hacerlo porque depende única y exclusivamente de Él quien nos ha amado con ese amor que los griegos denominaban ágape y que ya mostró hacia nosotros cuando éramos únicamente pecadores merecedores de la muerte y la ira de Dios.

Ese amor es una expresión de su gracia. Nada hicimos por merecer la salvación y nada podemos hacer por conservarla. Nos ha sido otorgada no debido a, sino a pesar de. Muchos seguidores de Jesús aceptan la gracia del Señor para ser salvados y restituidos en una relación de amistad con Dios, sin embargo, viven el día a día al margen de la gracia tratando de ganarse el amor y la aceptación del Señor. 

Nada hicimos por ganar su salvación, nada podemos hacer por perderla. Nada que hagamos o dejemos de hacer nos hará más valiosos y dignos a los ojos de Dios. Nada que hagamos o dejemos de hacer nos más menos dignos de su amor y aceptación incondicional. Puesto que si hay que hacer algo para ganarse el favor del Señor, entonces ya no es por gracia y, al mismo tiempo, si algo que hagamos nos hace perder su favor, entonces ya no es por gracia, es por obras.

La motivación para la obediencia no es el miedo a perder el favor del Señor, antes al contrario, es la gratitud ante tan inmerecido amor. Quien no ha entendido esto vive todavía prisionero de la Ley no ha experimentado la gracia para su vida cotidiana. 

Lee Romanos 8:31-39