Los que viven entregados a sus desordenadas apetencias humanas, sienten y piensan según ellas; en cambio, los que viven a impulsos del Espíritu, según él sienten y piensan. Y sentir conforme a las desordenadas apetencias humanas lleva a la muerte, mientras que sentir conforme al Espíritu conduce a la vida y a la paz.

Nuestro genoma espiritual afectado por el pecado únicamente puede producir muerte en el sentido más amplio del término (destrucción, corrupción, decadencia, degradación, etc.). Aunque gracias al sacrificio de Jesús el pecado ya no puede condenarnos (Pablo afirma en este pasaje que Jesús dictó sentencia condenatoria contra el pecado) sus efectos son y pueden continuar siendo muy reales en nuestra vida.

Por eso necesitamos ese proceso de rehabilitación y restauración que Dios lleva a cabo en nuestra experiencia humana y que, seamos realistas y honestos, durará toda la vida y no concluirá hasta que estemos en la mismísima presencia de Dios una vez en la eternidad.

Es Jesús, viviendo en nosotros por medio de su Espíritu Santo quien lleva a cabo ese proceso de restauración de todo el daño producido por el pecado. Es un proceso largo, costoso, con subidas y bajadas y más de un retroceso. Es un proceso que comienza en la superficie, donde están las cosas más burdas y escandalosas y, a la vez, las más fáciles de cambiar, pero después continua en el interior donde todo es más sutil, más sibilino, más difícil de discernir lo bueno de lo malo.

Pero cuanto más dejamos que el Espíritu influencie nuestra forma de vivir y pensar, más nos vamos pareciendo a Jesús, más evidente su carácter se plasma en nuestras vidas y nuestra experiencia humana. Ahora bien, seamos conscientes de nuestra gran vulnerabilidad, siempre estamos a un paso de ser esclavos del pecado.

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