Constato, en fin, la existencia de esta regla: que aun queriendo hacer el bien, el mal me domina inevitablemente. En mi interior me complazco en la Ley de Dios, pero en mi cuerpo experimento otra ley que lucha contra los criterios de mi razón: es la ley del pecado que está en mí y me tiraniza. ¡infeliz de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo portador de la muerte? A Dios habré de agradecérselo por medio de Jesucristo nuestro Señor.

 

Hay grandes discusiones -como no podía ser de otra manera- entre los estudiosos bíblicos acerca de este pasaje. Hay muchas preguntas en el aire ¿Habla Pablo de su experiencia o generaliza? ¿Describe su situación antes de ser un seguidor de Jesús cuando quería cumplir la Ley, o por el contrario, refleja su experiencia ya como seguidor? ¿Puede un cristiano, si es auténtico cristiano, experimentar algo semejante? ¿Acaba la conversión con todo ello? 

Creo que son preguntas legítimas y que todas ellas son importantes porque, en mayor o menor grado, todos nosotros experimentamos "algo" de lo que Pablo está hablando y sus palabras hacen eco en nuestra propia realidad como seres humanos todo y que somos seguidores de Jesús.

Yo tengo mi explicación y esta, naturalmente, no tiene más valor que el hecho que es la mía y, por tanto, subjetiva. Ahora bien, que sea mía y subjetiva no significa que no tenga consistencia con lo que enseña la Biblia. Como Palabra de Dios creo que es ella la que da luz y me ayuda a entender mi experiencia de humanidad.

Creo que cuando nos convertimos -damos ese giro de 180 grados para decidir seguir a Jesús- automática somos declarados libres con respecto al poder judicial del pecado para condenarnos ¡Jesús paga los platos rotos! pero, como el pecado había alterado nuestro genoma espiritual no estamos libres de su presencia en nuestra experiencia humana. Son muchos años practicándolo y, por lo tanto, su poder adictivo está fuertemente arraigado en nosotros. En definitiva ¡necesitamos rehabilitación!

Esa rehabilitación no es un evento -como la conversión- es un proceso que durará toda la vida -al fin y al cabo nos preparamos para la eternidad- que es doloroso, lento y que tiene altos y bajos. Es ese proceso en que el Señor restaura en nosotros esas cuatro rupturas que el pecado ha provocado en nuestra vida y en la de todos los seres humanos. 

Como cualquier adicto en rehabilitación el pecado seguirá atrayéndonos y seguirá teniendo fuerza sobre nosotros -la fuerza del hábito- pero, por eso seguimos a Jesús, no porque estemos sanos, sino para que nos sane.

Lee Romanos 7:14-25