Claro que, sin la Ley, el pecado hubiera pasado inadvertido.

 

Si existiera (o tal vez realmente existe) un genoma espiritual podríamos afirmar que el pecado lo que ha producido son alteraciones en el mismo. Estas alteraciones, como en el genoma físico, producen desarrollos patológicos en nuestra vida espiritual, ética y moral.

De tal modo que hay motivaciones, actitudes, conductas, formas de pensar, valores, formas de actuar que son totalmente dañinas para nosotros mismos y también para otros y que son producidas de forma habitual por un genoma espiritual enfermo, mutado, afectado por el pecado. Ahora bien, el hecho de que todo eso nos acompaña desde nuestro nacimiento, desde que tenemos capacidad de recordar, podría bien hacernos pensar que ese es nuestro estado natural y no un estado patológico fruto del pecado.

Por eso, el apóstol Pablo afirma que, si no hubiera existido la Ley e pecado hubiera pasado totalmente desapercibido. Pongamos un ejemplo, si yo toda mi vida, desde la más tierna infancia, he resuelto todos mis conflictos y he impuesto mi voluntad a otros por la fuerza bruta, ese es mi estado natural de lidiar con la realidad. Ahora bien, si un buen día se promulga una ley que tipifica de delito mi conducta, entonces me veo en la obligación de modificarla y, si no logro hacerlo, me encuentro ante un serio problema. 

Pablo nos indica que esa ha sido la función de la Ley de Moisés precisamente, poner de manifiesto que aquello que nos podría parecer natural y normal no lo es en absoluto, es una anomalía, es una patología, es un delito y debe ser afrontado en su raíz. La paradoja, como también indica el apóstol, es que precisamente esa misma Ley da más fuerza al pecado, porque antes hacía el mal sin tener conciencia de ello, ahora sigo haciéndolo pero con conciencia de estar una y otra vez saltándome la Ley y, por tanto, soy reo de condenación. 

Lee Romanos 6:15-23