Sabéis de sobra, que si os ponéis al servicio de alguen y le obedecéis, os convertís en sus esclavos. Por eso, si es al pecado al que servís, acabaréis en la muerte, si por el contrario, obedecís a Dios, alcanzaréis la salvación.

 

El pecado tiene dos grandes poderes, el legal y el adictivo. El legal se refiere al hecho de que cuando quebrantamos la Ley entramos en deuda con ella y, por tanto, el pecado tiene el poder para condenarnos de forma justa como transgresores. Como he indicado en más de una ocasión ¡Alguien ha de pagar los platos rotos! Ahora bien, gracias a la muerte de Jesús en la cruz, pagando la dedua que teníamos contraída con la Ley, hemos sido declaros justos, inocentes, sin culpa y, consecuentemente, el pecado ya no tiene ningún poder legal sobre nuestras vidas, ya no nos puede condenar ya que alguien ha pagado por nosotros.

Pero el pecado tiene otro poder, el adictivo. La práctica del pecado nos convierte en esclavos del mismo. Cada vez que yo, de forma intencional y consciente, opto por el pecado le estoy dando un poder práctico y real sobre mi vida. El pecado crea adicción y aunque no tiene ningún poder legal sobre mí para condenarme, si se lo concedo el poder de esclavizarme y acabar perdiendo mi voluntad y capacidad de decidir. 

Es algo paradójico pero real y cierto. Antes era un esclavo del pecado a causa de que estaba en deuda con la Ley por haberla quebrantado. Jesús pagó la misma y me hizo libre y entonces, de forma voluntaria yo me he entragado en las manos del pecado convirtiéndome en esclavo del mismo.

Libres de la fuerza legal del pegado nos podemos convertir en esclavos de su fuerza adictiva.

Lee Romanos 6:15-23