Ni os convirtáis en instrumentos del mal al servicio del pecado. Presentaos, más bien, ante Dios como lo que sois: muertos que habéis vuelto a la vida, y haced de vuestros cuerpos instrumentos del bien al servicio de Dios.

 

Muchas culturas ancestrales y algunas todavía hoy en día tenían lo que se denominaban ritos de transición. Estos ritos tenían como finalidad ayudar a los individuos a llevar a cabo la transición de una etapa de sus vidas hasta la siguiente. Los más conocidos de todos ellos eran aquellos que simbolizaban el abandono de la infancia y la entrada en la edad adulta.

Esos ritos siempre escenificaban una muerte simbólica para poder acceder a una nueva vida. Por medio de esa muerte simbólica se ayuda al individuo a entender que el pasado quedaba atrás y que ante él se abría un nuevo futuro, una nueva vida, una nueva posibilidad que, sin embargo, no hubiera sido posible sin antes morir al pasado.

Esto es precisamente lo que describe el apóstol Pablo en la primera parte del capítulo seis de su libro. Por medio del rito simbólico del bautismo se produce una muerte a una manera antigua de vivir y ver el mundo para nacer a una manera totalmente nueva de ver y vivir la vida. Por eso dice Pablo hemos muerto y resucitado juntamente con Cristo, de forma simbólica, por medio del bautismo.

Pero la finalidad de esa muerte simbólica, tanto en el seguimiento de Jesús como en las culturas antes mencionadas, era vivir de forma diferente. La persona que dejaba la aldea como niño volvía como adulto y se esperaba de él una forma nueva, radical y diferente de vida. Lo mismo se espera de nosotros como consecuencia de esta unión mística con Jesús en su muerte y en su resurrección, se espera de nosotros que vivamos de forma diferente, radicalmente diferente.

Eso es, precisamente, lo que los versículos que encabezan esta entrada nos proponen, que ofrezcamos nuestros cuerpos como instrumentos para el bien y para la restauración. Ya no podemos vivir como antes de salir de la aldea, ya no podemos vivir ofreciendo nuestros cuerpos al mal y al pecado, colaborando con la ruptura del mundo y añadiendo más dolor y sufrimiento.

 

Lee Romanos 6:1-14