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Aunque en realidad se trata de animarnos mutuamente con esa fe que vosotros y yo tenemos en común.

En el prólogo de su carta a los seguidores de Jesús que se reunían en la capital del imperio romano Pablo, entre otras muchas cosas, establece una verdad fundamental de la vida cristiana, que esta no puede ser vivida en soledad y que necesitamos vivirla de forma comunitaria.

El seguimiento de Jesús no es fácil. Es pensar contracorriente y vivir del mismo modo. Es enfrentarse a una sociedad que piensa, sostiene y vive unos valores contrarios a los de la buena noticia de Jesús.

Vivir contracorriente desgasta, cansa y hace más difícil el seguimiento. Es por esta razón que la fe cristiana tiene una dimensión comunitaria que no podemos ni debemos olvidar. Ninguno de nosotros puede seguir a Jesús en soledad, primero porque es imposible dado el desgaste y el reto que supone, segundo porque es una de demandas del evangelio.

Pablo afirma que hemos de animarnos mutuamente. Que no se trata únicamente de si yo necesito o no a otros, se trata del hecho de que otros me necesitan a mí y yo no puedo desentenderme, no puedo sustraerme a esa responsabilidad de amor que el evangelio pone sobre mi vida.

¿De quién te cuidas tú? ¿A quién animas? ¿A quién acompañas? ¿Qué vas a hacer para cambiar esa situación y vivir plenamente la dimensión comunitaria de tu fe, entendiendo que se trata de mucho más que reunirnos, se trata de cuidarnos y animarnos.

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