De madrugada, antes del amanecer, Jesús se levantó y, saliendo de la ciudad, se dirigió a un lugar apartado a orar. Marcos 1:35
Estas últimas semanas han sido una locura y he visto y experimentado como poco a poco perdía el control de mi tiempo, mi agenda y en definitiva de mi vida. Las necesidades a mi alrededor son tantas y tan serias que tenía que dedicarles más y más tiempo, sin embargo, cuanto más tiempo dedicaba más tenía la sensación de no llegar a todo y, además, nuevas realidades venían directas hacia mí, sin poder ser atendidas y aumentando mi sensación de pérdida de control, agobio y cansancio.
Lo urgente pedía paso y lo necesario quedaba arrinconado a un segundo término ante la presión inmisericorde de lo primero. El descanso, el tiempo con la familia y, naturalmente el tiempo a solas con Dios acababan pagando el precio de la vorágine de actividad fruto de tanta necesidad.
Cuando leo los evangelio veo a Jesús en una vorágine de actividad, en un ritmo casi frenético. Esto es especialmente claro en el relato de Marcos donde Jesús está en constante movimiento, de un lado para otro, sirviendo, predicando, sanando, enseñando, viajando de aldea en aldea y llevando esperanza, restauración y, naturalmente el mensaje del Reino de Dios. Eran tantas y tantas las necesidades que las personas le perseguían e iban detrás de Él para verlas satisfechas.
Sin embargo, una y otra vez veo a Jesús manteniendo claras sus prioridades y pasando tiempo a solas con el Padre. Para el Maestro esto no era un mero ejercicio de piedad religiosa, era, como para todo seguidor suyo, una prioridad vital e innegociable porque es precisamente ese tiempo el que nos permite descansar de toda la presión que ser consciente de las necesidades de un mundo roto coloca sobre nuestros hombros. Es ese tiempo el que nos devuelve la perspectiva correcta que Dios es el autor del proceso de restauración y nosotros meramente colaboradores. Es ese tiempo de soledad con el Padre el que nos permite ir mucho más lejos de lo que nunca nuestras acciones y actividades podrán llegar, al corazón de las personas rotas. Es, en definitiva, ese tiempo el que nos permite presentarnos con nuestras propias cargas, roturas y miseria ante el Señor para que tome cuidado de ellas y nos de el descanso y paz necesarias.
Si por algo se caracteriza este siglo es por el estrés, la tensión y la vorágine que nos impone como estilo de vida. Para mí, como seguidor del Maestro de Nazaret en este siglo convulso y de constante aceleración y cambio el pasar tiempo a solas con el Padre, en imitación suya, no es un lujo, es una necesidad de pura supervivencia.

Mi imitación de Jesús

Pasar tiempo a solas con el Padre cada día.

La acción práctica

Reestructurar mi agenda para que eso sea posible.