Todos quedaban impresionados por sus enseñanzas, porque les enseñaba con verdadera autoridad y no como los maestros de la Ley. Marcos 1:22


Los maestros de la Ley eran personas increíblemente versadas en el conocimiento de las Escrituras, es decir, del Antiguo Testamento. Se lo conocían de comienzo a fin, lo leían, meditaban y memorizaban y me dejarían en ridículo si intentara competir con ellos a ver quién sabría más de la Palabra de Dios. De hecho, eran personas que invertían toda su vida en tener un mayor y mejor conocimiento de la Ley y, al mismo tiempo, enseñar al pueblo a conocerla y guardarla. Sin embargo, a pesar de todas estas loables cualidades, no tenían autoridad, algo que si se le atribuía a Jesús.
Es lo que se afirmaba del Maestro, que su enseñanza, a diferencia de la de los eruditos antes mencionados tenía autoridad, y cuando se hacía semejante afirmación no estaban diciendo que fuera más conocedor, ilustrado o versado que los maestros de la Ley, había algo más y este factor diferencial venía dado, sin ningún lugar a dudas, por la persona de Jesús, su vida y su carácter. La enseñanza estaba investida de autoridad porque su vida tenía autoridad.
Y aquí entro yo como seguidor de Jesús en pleno siglo XXI donde mi voz es una más entre muchas, donde mi mensaje, las buenas noticias, es uno más entre muchos, donde mi cosmovisión tiene que competir en este mundo plural, variado y diverso con muchas otras que pugnan por ganar los corazones de las personas. Además, la mía es, a menudo, considerada obsoleta, desacreditada por años de abusos de instituciones y personas, irrelevante para la sociedad compleja en la que nos ha tocado vivir.
Me doy cuenta que como seguidor de Jesús debo de ganarme el derecho a ser escuchado, a dejarme oír, el derecho a poder hablar, y para poderlo hacer he de tener, como lo tuvo el Maestro al que sigo, autoridad. Esta autoridad no me vendrá por el conocimiento de la Biblia, por mi solidez teológica, por la pertenencia a ninguna denominación o iglesia de éxito. Este tipo de autoridad sólo vendrá por mi servicio y mi compromiso con las necesidades de un mundo roto y desgarrado por los efectos del pecado.
Cuando leo los versículos que sirven de contexto al pasaje que encabeza esta entrada veo a Jesús acercándose al ser humano e involucrándose con una humanidad que sufría física, emocional, social y espiritualmente. Observo al Maestro proclamando y demostrando como el Reino de Dios puede hacer una diferencia en la vida de las personas. Creo que su entrega y compromiso con la construcción del Reino en un mundo roto y fracturado por el pecado es lo que otorgó autoridad a su vida y el derecho para hablar y ser escuchado.
El mundo plural exige a aquellos que quieran hablar a que se ganen el derecho a hacerlo. Entiendo que mi servicio y compromiso, en imitación de Jesús, a un mundo lleno de maldad, sufrimiento, abuso, soledad, miedo, inseguridad, injusticia, dolor y tantas y tantas otras cosas fruto del pecado, me investirá de autoridad para poder llevar las buenas nuevas. Necesito vivir una vida de autoridad.

Mi imitación de Jesús

Vivir una vida de servicio al necesitado que otorgue autoridad a mi vida.

La acción práctica

Pararme, ver las necesidades a mi alrededor, actuar.