Venid conmigo y haré que seáis pescadores de hombres. Ellos dejaron al punto sus redes y se fueron con él. Marcos 1:17

Los llamó, y ellos se fueron con él, dejando a Zebedeo, su padre, en la barca junto con unos pescadores que tenían contratados. Marcos 1:20

Al pasar, vio a Leví, hijo de Alfeo, que estaba sentado en su despacho de recaudación de impuestos, y le dijo: -Vente conmigo. Y leví se levantó y se fue con él. Marcos 2:17



Hoy he ido a correr y orar a la playa y en mi mente iba dándole vueltas y más vueltas al concepto de dejar. Jesús me invita a seguirle y eso, necesariamente, implica movimiento, ir tras él. Hasta aquí todo correcto, todo bien. Pero cuando oraba y pensaba me daba cuenta de la imposibilidad de ir en pos de Jesús sin dejar algo atrás. No puedo seguirle y al mismo tiempo estar en donde estoy ahora, forzosamente he de dejar cosas y eso es doloroso y, honestamente, me pregunto sin en ocasiones es posible. Claro, lo es en términos teóricos pero, ¿Lo es en la práctica?
Leo acerca de Simón, Andrés, Juan y Santiago. Todos recibieron la invitación de Jesús a seguirle y lo hicieron. Todos ellos dejaron atrás cosas, las barcas y aparejos de pesca y la oficina de cobro de tributos. Cosas que no eran necesariamente malas, simplemente eran incompatibles con el seguimiento de Jesús y les ponía en la necesidad de escoger, de decidir, y así lo hicieron, dejaron.
¡Qué bonita reflexión! El problema fue que Jesús me preguntó qué pasaba conmigo y qué era aquello que yo tenía que dejar para poderle seguir tal y como él esperaba. Lo curioso es que el Maestro no tuvo que decirme nada, no tuvo que señalarme nada, yo mismo identifiqué, sin ningún género de dudas, aquello que debía dejar para hacer el seguimiento que de mí se espera.
Creo que cuando uno llega al punto de entender que no es posible seguir a Jesús sin dejar algo, entonces uno, con total claridad percibe aquello que se interpone entre la persona y el Maestro. Uno lo ve con precisión total, meridiana, absoluta. Eso no significa que sea fácil dejar. No significa que no sea doloroso, pero es un primer paso, es el paso de reconocer que no hay seguimiento sin pérdida.
Y hablaba con Jesús y le explicaba lo difícil que era para mí el dejar. Le comentaba la disposición a hacerlo pero, al mismo tiempo, el miedo al fracaso, mejor dicho, a fracasar de nuevo, a caminar tras él y al cabo de unos metros, unos kilómetros, volver corriendo al punto de partida y aferrarme de nuevo a aquello que había dejado.
También pensaba que Jesús no es un déspota con el claro objetivo de hacer de mi vida una miseria total. Me doy cuenta que aquello que debemos dejar es, a menudo, lo que nos destruye y nos impide ser el tipo de ser humano que deberíamos ser.
Acabo esta reflexión y a mi mente viene la imagen de Jesús, ya en marcha, ya caminando pero deteniéndose y mirándome. Veo en su rostro el interrogante, la pregunta no enunciada, la mirada preguntándome si voy a seguirle. Me veo a mí mismo, parado y pensando qué hacer con aquello que debo dejar.

Mi imitación de Jesús

No es posible seguir a Jesús sin dejar.

La acción práctica

Dejar.