Después, el Espíritu impulsó a Jesús a ir al desierto, donde Satanás el puso a prueba durante cuarenta días. Marcos 1:12-13


El diccionario de la Real Academia Española de la Lengua afirma que probar es, hacer examen y experimento con las cualidades de algo o alguien. No deja de ser curioso este pasaje porque, si lo leo a la luz de la definición, indica que el Espíritu del Señor llevó a Jesús al desierto y allí, durante cuarenta días fue puesto a examen y se experimentó con sus cualidades.
El el comienzo del ministerio público de Jesús y pareciera que tenía que pasar un examen, había que poner de manifiesto si verdaderamente podría llevar a cabo su papel mesiánico, dicho de otro modo, si cualificaba para ser nuestro Salvador, para ser el primero, el prototipo y el modelo de una nueva humanidad.
Me doy cuenta que las pruebas son importantes. Cuando tengo la intención de comprar un determinado producto y me informo acerca de sus prestaciones y cualidades, nunca me he encontrado con un vendedor que no afirme las virtudes y maravillas del mismo. Sin embargo, es el uso y, especialmente el uso en condiciones extremas, el que pondrá de manifiesto si todo aquello era verdad. La prueba, y esta de modo exhaustivo, simplemente pone de manifiesto la auténtica calidad de un producto más allá de lo que la publicidad, los catálogos o las instrucciones indiquen.
También he experimentado algo similar con las personas. La primera impresión puede ser positiva o negativa pero, de nuevo, son los momentos de crisis, de tensión, de exigencia, de necesidad, en otras palabras, la prueba, lo que nos da a entender la auténtica pasta de la que un individuo está hecho y, consecuentemente, su confiabilidad.
Creo que lo mismo sucede con la fe y, por ser más específico, lo que sucede con mi fe. Cuando las presiones, las tentaciones, las crisis y las dificultades de la vida llegan, entonces y sólo entonces se pone de manifiesto la auténtica calidad de mi fe, es decir, de mi seguimiento de Jesús.
Las pruebas tienen esa cualidad, poner de relieve, sacar a la superficie, mostrar, evidenciar lo que hay y lo que somos. Las pruebas no tienen la culpa de nada, antes bien, tienen la virtud de ayudarnos a encarar, si somos honestos y lo deseamos, nuestro auténtico yo. La prueba no falla, es honesta, me dice la auténtica calidad de mi seguimiento de Jesús.
Pero la prueba es una gran generadora de oportunidades porque una vez que ha evidenciado mi realidad me ofrece la posibilidad de encararla y con la ayuda de Dios trabajar y superarla. Yo no creo que Dios nos tiente o nos ponga en situaciones de prueba, pero si creo firmemente que cuando estas se dan, utiliza lo que estas indican y los resultados de las mismas para llamar nuestra atención sobre aspectos, prioridades, valores, estilos de vidas, etc., etc. de nuestro seguimiento de Jesús que han de ser revisados, cambiados, transformados.
Por eso, seguir a Jesús significa e implicará irremediablemente, el ser puesto a prueba. Y este proceso sacará a la luz y evidenciará nuestra realidad y el auténtico estado de nuestra fe. Y esto último permitirá que Jesús nos muestre aspectos de nuestro seguimiento que Él quiere y puede cambiar.

Mi imitación de Jesús

Entender la prueba como parte del seguimiento. Darle la bienvenida y estar atenta a lo que muestra de mi realidad.

La acción práctica

En la prueba no culpar a nada ni nadie, volverme hacia mí y ver qué debo y puedo cambiar.