Jesús nos invita a seguirle para que pueda restaurar en nosotros las cuatro grandes rupturas que el pecado, nuestra rebelión contra Dios, produjo en nosotros. La primera de las fracturas que desea restaurar es nuestra relación con Dios.

En el evangelio de Lucas, en el capítulo 15, Jesús explicó una historia que ilustra a la perfección esa restauración que desea llevar a cabo en nuestra relación con Dios.

  • Contó Jesús esta otra parábola: -Un hombre tenía dos hijos. El más joven le dijo: "Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde." Y el padre repartió los bienes entre ellos. Pocos días después el hijo menor vendió su parte y se marchó lejos, a otro país, donde todo lo derrochó viviendo desenfrenadamente. Cuando ya no le quedaba nada, vino sobre aquella tierra una época de hambre terrible, y él comenzó a pasar necesidad. Fue a pedir trabajo a uno del lugar, el cual le mandó a sus campos a apacentar cerdos. Y deseaba llenar el estómago de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. Al fin se puso a pensar: ¡Cuántos trabajadores en la casa de mi padre tienen comida de sobra, mientras que aquí yo me muero de hambre! Volveré a la casa de mi padre, y le diré: "Padre he pecado contra Dios y contra ti, y ya no merezco llamarme tu hijo: trátame como a uno de tus trabajadores." Así que se puso en camino y regresó a casa de su padre. Todavía estaba lejos cuando su padre le vio y, sintiendo compasión de él, corrió a su encuentro y le recibió con abrazos y besos. El hijo le dijo: "Padre, he pecado contra Dios y contra ti, y ya no merezco llamarme tu hijo." Pero el padre ordenó a sus criados: "Sacad pronto las mejores ropas, y vestidle; ponedle también un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traed el becerro cebado, y matadlo. ¡Vamos a comer y a hacer fiesta, porque este hijo mío estaba muerto, y ha vuelto a vivir; se había perdido y le hemos encontrado!" Y comenzaron a hacer fiesta. (Lucas 15:11-24)

Esta historia contada por Jesús narra el viaje espiritual de todo ser humano. Un viaje que le lleva lo más lejos posible de Dios en su búsqueda de sentido, propósito y realización. Un viaje motivado por la creencia de que la vida al margen de Dios es una alternativa mejor.

El protagonista de esta narración decidió volver a casa. Su experiencia vital no fue la que esperaba. Sus expectativas no se vieron cumplidas y optó por regresar junto a su padre.

Es una historia bonita, el regreso del hijo perdido, pero lo cierto es que no todos los hijos regresan a casa. Muchos nunca vuelven, y no lo hacen por diferentes razones. Algunos de ellos se ven impedidos por su orgullo. No siempre es fácil aceptar que la aventura de vivir independiente ha terminado en fracaso. Reconocer que los sueños no se han cumplido, las expectativas no se han satisfecho.

Otros deciden no regresar porque no creen que la solución consista en volver al lugar de donde salieron. Ya lo conocen, ya lo han visto, ya lo han experimentado, ya saben lo que puede dar de sí y, consecuentemente, no es una opción que puedan considerar.

También hay aquellos que tienen una visión equivocada del padre. Creen que si regresan lo único que les espera es juicio, condena, rechazo y el típico, "lo ves, ya te dije que las cosas no irían bien" Ya es bastante duro tener que lidiar con el fracaso personal para además, añadir el juicio, el reproche y la condenación de los demás y tal vez, incluso el rechazo.

Pero hemos de ser honestos y sinceros. No todos fracasan en su viaje alejándose de Dios. Existen muchas personas que están satisfechas, llenas y realizadas y consideran que su decisión de marchar de la casa del padre fue la mejor que podían tomar.

Pero nosotros, como seguidores de Jesús, nos sentimos identificados con el muchacho que decide volver a la casa del Padre, porque entendemos que allí existe la posibilidad de encontrar todo aquello que fuera no encontramos o, si lo encontramos, no nos satisfizo como esperábamos

Aquel muchacho tenía una visión muy realista de lo que podía esperar al regresar al hogar paterno. No soñaba con volver a ocupar su lugar como hijo. Lo máximo a lo que aspiraba era a ser admitido como un trabajador, como un empleado de su padre. Era muy consciente que lo que había hecho -pedir en vida la herencia del padre- equivalía a una tremenda ofensa -en la cultura del próximo oriente, su petición, cuando el progenitor todavía vivía, equivalía a expresar su deseo de que el padre estuviera ya muerto. Con la esperanza de ser aceptado como un simple empleado emprendió el regreso a casa.

La distancia cultural con el tiempo de Jesús puede impedirnos apreciar los detalles que, sin ninguna duda, no pasaron desapercibidos para los oyentes que escuchaban su narración.

En primer lugar, Jesús indicó que el padre, cuando todavía estaba lejos, corrió a su encuentro. Déjame comentarte dos aspectos culturales muy importantes. Primero, el padre corrió. En oriente medio una persona respetable nunca corre. Esa conducta sería totalmente reprochable y deshonrosa a los ojos de sus vecinos. Aquel padre se estaba poniendo en ridículo a los ojos de sus amigos y vecinos. ¿Qué llevó a aquel hombre respetable a actuar de esa manera?

La vida de su hijo. La conducta de aquel muchacho había sido tan grave que según las leyes de aquel tiempo, cualquier persona del lugar, al ver volver al hijo que había deshonrado a su padre, tenía pleno derecho a matarlo. Es cierto, así lo indican las leyes del Antiguo Testamento (Deuteronomio 21:18-20). La única manera de salvarlo era abrazarlo antes de que alguien pudiera quitarle la vida. El abrazo era la señal que el padre había perdonado a su hijo y, por tanto, preservaba su vida. A aquel padre no le importó el ridículo que comportaba correr si con ello podía salvarlo.

En segundo lugar, El anillo en el dedo. El padre pide que se le coloque un anillo en su dedo. El simbolismo es muy grande. El anillo es el símbolo de pertenencia a la familia. El hijo era recibido de nuevo como miembro de la misma. No era aceptado como un simple trabajador, era aceptado con todos sus derechos como integrante del grupo familiar.

En tercer lugar, calzado en sus pies. También esta acción está cargada de valor simbólico. Sólo los siervos iban descalzos, no así los miembros de la familia. El padre está indicando claramente el status en el que el muchacho es aceptado. No como siervo o empleado, sino como hijo.

Finalmente, ordena que se celebre fiesta. No es el tiempo de los reproches. No palabras de juicio, recriminación, condena o nada similar. Es el tiempo de celebración, de disfrutar, porque el hijo que se había perdido ha sido recuperado sano y salvo.

Esta historia narra tu viaje espiritual y el mío. Jesús restaura nuestra relación rota con Dios. Cuando nos convertimos -cambiamos de dirección, nos reorientamos- Él nos acepta como sus hijos y de nuevo nos incorpora a su familia con todos los derechos. Ya no hay necesidad de seguir escondiéndonos de Dios, puesto que nos espera y nos acepta con los brazos abiertos. La ruptura con Dios ha quedado restaurada. De nuevo en casa, de nuevo hijos, de nuevo herederos.

Por favor, párate en este momento, da gracias a Dios porque la ruptura en tu relación con Él ha sido restaurada, porque te ha convertido en su hijo y heredero. Después lee lo que al respecto el apóstol Pablo -otro seguidor de Jesús- escribió a los cristianos que se reunían en la ciudad de Efeso

  • Tiempo hubo en que vuestras culpas y pecados os mantenían en estado de muerte... Pero la piedad de Dios es grande e inmenso su amor hacia nosotros. Por eso, aunque estábamos muertos en razón de nuestras culpas, nos hizo revivir junto con Cristo -¡Vuestra salvación es pura generosidad de Dios!- (Efesios 2:1-10)