Antes del día de la Pascua, sabiendo Jesús que le había llegado la hora de dejar este mundo para ir al Padre y habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, llevó su amor hasta el fin. (Juan 13:1-3)


Hay muchas cosas que caracterizan la vida de Jesús, una de ellas es el amor. 

Pero, ¿de qué hablamos cuando hablamos de amor? Miro el diccionario de la Real Academia España de la Lengua y lo define de la siguiente manera:  Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser.  El resaltado en negrita de las palabras sentimiento e insuficiencia es mío. Esta definición no tiene nada que ver con el concepto bíblico.

Necesito ir al idioma griego para crear el suficiente contexto que permita entender el concepto bíblico de amor. Los griegos tenían cuatro términos diferentes que nosotros traducimos con una única palabra castellana: amor.

El primer término era eros, que usaban para referirse al amor físico, a la relación sexual entre personas. Este término nunca aparece en el Nuevo Testamento, sin que ello signifique nada negativo. De él derivan erótico, erotismo, etc.

El segundo término era fileo, se refería al afecto o cariño que se tiene hacia alguien porque esta persona es merecedora, por alguna razón, de nuestro amor. el amor filial es claro ejemplo.

El tercer término usado por los griegos era stargos, que servía para referirse a la relación de amistad profunda entre dos personas. La amistad entre David y Jonathan, reflejada en el Antiguo Testamento nos ayuda a ilustrarlo.

Finalmente, los griegos tenían la palabra ágape, que describía el amor incondicional, el que se tiene hacia alguien al margen de que la persona sea o no merecedora del mismo. Este tipo de amor es el que se asocia en el Nuevo Testamento con Jesús, con el Padre y el que se espera de nosotros los seguidores del Maestro.

Juan 3:16, probablemente el pasaje más conocido de los evangelios, nos ayuda a entender las características que tiene el amor ágape

Pues Dios amó tanto al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna.

En primer lugar, se trata de un acto de la voluntad. El amor ágape no es un sentimiento, es algo intencional que nace de la intención activa de buscar el bien  del otro. Dios nos amó a pesar de que nuestro estilo de vida no nos hiciera merecedor de ello ni provocara en su justicia otra cosa que santa indignación.

En segundo lugar, se plasma en acciones concretas y específicas. No se queda en grandiosas declaraciones emotivas, sino en hechos palpables que hacen pensar en el viejo refrán castellano, obras son amores y no buenas razones. Porque nos amó dio a su hijo. No únicamente dijo o expresa que nos amara, lo demostró con sus hechos.

En tercer lugar, toma la iniciativa. El amor ágape no espera a que el otro haga o deje de hacer. Siempre se adelanta, se avanza. La propia Biblia lo afirma, nosotros amamos a Dios porque Él nos amó primero. El fue quien inició el proceso de reconciliación, de buscarnos, de acercarse a nosotros a pesar de nuestro deseo de vivir al margen de Él.

En cuarto lugar, es costoso. Para amar de esta manera se paga un precio alto. El Padre dio a su hijo por nosotros. Jesús entregó su vida por nosotros, pura y llanamente porque nos amaba.

Finalmente, el amor ágape es Incondicional. El que ama con este tipo de amor lo hace a pesar de la realidad del objeto de ese amor, no debido a cómo es o cómo actúa. No porque el otro lo merezca sino a pesar de que no lo merece. Además, no espera nada a cambio. No ama para ser amado, para ser retribuido, para ser reconocido. Ama de una forma desprendida total y absoluta.

Esta es la manera en que nos ama Dios y es la manera en que Jesús amó durante su vida en esta tierra y es la manera en que nos pide a nosotros que amemos.

Por eso, en base a Juan 3:16, a la vida de Jesús y el ejemplo que nos marcó y tal y como corrobora el resto de la enseñanza del Nuevo Testamento puedo afirmar que el amor ágape es un acto consciente de la voluntad que busca el bien de la persona amada.

Y aquí contrasta radical y rabiosamente con el modo en que entiende el amor la sociedad postmoderna en la que me ha tocado vivir. Mientras que para la misma el amor es un sentimiento que busca al otro para satisfacer una necesidad del que ama, en el concepto bíblico es un acto de la voluntad que se centra en el bien y la satisfacción del otro, no en la mía.

Para mí, seguidor de Jesús en este nuevo siglo, imitar al Maestro de Nazaret implica y significa amar con amor ágape, es decir, de forma voluntaria, intencional, consciente, premeditada, buscar el bien del prójimo, tomando la iniciativa, plasmándolo en hechos, pagando el precio de amar, y a pesar de cómo este prójimo sea y aunque no haya ningún tipo de retorno a cambio.

Y me planteo a mí mismo la misma pregunta que le plantearon a mi Maestro ¿y quién es mi prójimo? Pero eso es otra historia, mejor dicho otra entrada.

 

Mi imitación de Jesús

Amar, buscando de forma intencional el bien de mi prójimo.

La acción práctica

Clarificar mi concepto de amor, abandonar el concepto social y abrazar el bíblico