Cuando llegaron al lugar llamado "La Calavera", crucificaron a Jesús y a los dos criminales, uno a su derecha y otro a su izquierda. Jesús entonces decía:

-Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

Los soldados se repartieron las ropas de Jesús echándolas a suertes.

(Lucas 23:33 y 34)

Asímismo el que hiera mortalmente a cualquier persona, será castigado con la muerte. El que mate un animal deberá resarcir al dueño por él; animal por animal. Y al que hiera a su prójimo, se le pagará con la misma moneda: fractura por fractura, ojo por ojo, diente por diente; según la herida hecha a otro, igual se le hará a él.

El que hiera a un animal deberá resarcir por ello, mas el que hiera mortalmente a una persona, será castigado con la muerte. Juzgaréis con el mismo estatuto al extranjero que al nativo. Yo soy el Señor vuestro Dios. (Levítico 24:17-21)

Estas palabras se conocen habitualmente como la Ley de Talión y, aunque pudiera parecer lo contrario, suponen un notable avance en las relaciones interpersonales puesto que ponían coto y límite a la venganza al obligar a que fuera proporcional al daño producido. Nadie podía extralimitarse e ir más allá del mal que había recibido, de lo contrario, esa misma persona sería culpable ante la ley.

Pero Jesús introduce un camino mejor y, por qué no decirlo, más difícil y costoso, el camino del perdón. El Maestro vivió una vida caracterizada por el perdón. El evangelio de Juan narra, y seguro que no fue el único, el episodio de la mujer pillada en adulterio que fue llevada a su presencia con la intención que fuera tratada según la Ley de Moisés exigía, es decir, que fuera apedreada. Todos sabemos que la respuesta de Jesús fue el perdón.

Jesús no fue un teórico del perdón. En el momento más dramático de su existencia, cuando está siendo ejecutado de forma injusta y, además, tiene que sufrir la burla y el desprecio de los soldados y de sus conciudadanos, ejerce el perdón contra aquellos que le inflingen semejante sufrimiento.

El Maestro también enseñó acerca del perdón en varias ocasiones. En la famosa parábola de las dos personas cargadas de deudas (Mateo 18:21-34) Nos indica que, si nos consideramos seguidores suyos, debemos perdonar a otros del mismo modo que nosotros hemos sido perdonados. En el mismo evangelio de Mateo, en el contexto de la oración del Padrenuestro, también indica que el perdón de Dios hacia nosotros está condicionado por nuestro perdón a otros (Mateo 6:8-15)

El Nuevo Testamento nos indica que los seguidores de Jesús debemos incorporar el perdón en nuestra imitación y seguimiento del Maestro y que, precisamente, el perdón de Dios a través de Cristo es la base sobre la que nosotros ejercemos ese perdón.

Para mí, como seguidor del Maestro de Nazaret, el perdón es un ejercicio difícil. No es fácil ni sale de natural el ejercer ese acto hacia alguien que nos ha causado daño, especialmente si ese daño ha sido consciente, intencional, premeditado, alevoso incluso.

El dolor, sea físico, emocional, intelectual e incluso espiritual inflingido hace que sea más complicado perdonar aunque sea consciente de la necesidad de hacerlo.

Perdonar es complicado, costoso y doloroso incluso cuando aquel que nos ha ofendido o dañado es consciente de lo que ha hecho y nos pide perdón. Hay una barrera que debe ser superada para poder otorgar el perdón.

Pero todavía es mucho más complicado cuando el ofensor no pide perdón. Cuando a pesar de ser consciente del daño provocado no trata de enmendarlo y, en ocasiones, incluso se siente ufano y alardea de ello. Perdonar en esta situación es mucho, mucho más complejo, difícil y doloroso.

Pero el perdón es algo que se otorga de forma unilateral. Sin duda, el que alguien reconozca el mal causado y pida perdón por ello aligera el dolor y el esfuerzo de perdonar. No obstante, aunque no haya petición este se concede porque lo hacemos no debido a que el ofensor lo merezca, sino a nuestro deseo de imitar a Jesús que nos ha perdonado a nosotros y lo ha hecho a gran precio.


Mi imitación de Jesús

Perdonar, perdonar y perdonar, hasta setenta veces siete.

La acción práctica

Otorgar el perdón pendiente a cualquier ofensor, haya o no pedido perdón.