El libro de Deuteronomio, el último de los cinco que componen el Pentateuco, indica lo siguiente,


Si ves el buey o la oveja de tu hermano extraviados, no te desentiendas; ve a devolvérselos. Si resulta que el dueño no vive cerca o no sabes quién es, encierra el animal en tu corral y tenlo allí hasta que el dueño venga a reclamártelo; entonces se lo devolverás. Lo mismo harás si se trata de su asno, su manto o cualquier cosa que tu hermano haya perdido y que tú encuentres. No te hagas el desentendido. Si ves caídos en el camino el asno o el buey de tu hermano, no te hagas el desentendido, ayúdale a ponerlos en pie. (Deuteronomio 22:1-4)


Quiero llamar tu atención acerca de una palabra que se repite en tres ocasiones en este breve pasaje de la Biblia, no te desentiendas. Desentenderse es considerar que una determinada situación o necesidad no es nuestra responsabilidad.

El que se desentiende no niega la importancia, incluso la gravedad y urgencia de una situación dada, simplemente considera que no le concierne a él o ella hacerse cargo de la misma.

El que se desentiende puede tener varias e incluso buenas razones para no hacerlo. Puede desarollar una adecuada cantidad de justificaciones o racionalizaciones y no tener que actuar.

Desentenderse parece ser una actitud muy, pero que muy humana. En la Biblia la vemos reflejada en varios de sus personajes. Ya al principio de todo, en el libro de Génesis, cuando Caín es preguntado por Dios acerca del paradero de su hermano, contesta, No lo sé, ¿acaso soy yo el guardián de mi hermano?

Más adelante, Jonás, un profeta de Dios, recibe el encargo de ir a la ciudad de Nínive, capital del Imperio Asirio, para anunciar de parte del Señor, la destrucción de la ciudad a causa de su maldad a menos que se arrepintieran y cambiaran de actitud. Jonás, lejos de preocuparse por el hecho de que Dios piense en destruir a decenas de miles de personas, decide marcharse al otro lado del Mediterráneo, a la actual Cádiz. El profeta se desentiende de la situación y de la suerte de toda una ciudad.

Sin duda Jesús es el contraste de lo anteriormente dicho. Él no se desentendió de la situación del ser humano, no se desentendió de su miseria y su necesidad, la tomó como propia y se involucró al máximo, hasta el punto de, como todos sabemos, dar su propia vida. La Biblia dice al respecto,


De hecho, cargó con nuestros males, soportó nuestros dolores, y pensábamos que era castigado, herido por Dios y humillado. Pero fue herido por nuestras faltas, triturado por nuestros pecados; aguantó el castigo que nos salva, con sus heridas fuimos curados. Todos íbamos errantes como ovejas, cada cual por su propio camino, y el Señor cargó sobre él las culpas de todos nosotros. (Isaías 53: 4-6)

Jesús enseñó acerca de la importancia de no desentendernos de las necesidades de las personas que sufren, padecen y lo pasan mal. Lo hizo, como en tantas ocasiones, por medio de una historia que explicó en respuesta a una pregunta de un maestro de la ley judía.

Si pulsas en este enlace podrás ver y escuchar cómo se desencadenaron los hechos.

Con total intencionalidad Jesús hace un contraste entre el sacerdote, el levita y el samaritano. Los dos primeros eran judíos, como el hombre herido. El último era un samaritano, una persona menospreciada y marginada por los judíos debido a que no eran racialmente puros.


Los dos primeros eran personas religiosas. Un sacerdote, encargado de ofrecer los sacrificios en el templo de Jerusalén y mediador entre el pueblo y Dios. El segundo, un levita, responsable de la logística de la religión de Israel. Ambos conocían la ley y conocían el carácter misericordioso de Dios. El último, el samaritano, era considerado un impío, una persona despreciable a los ojos del Señor.

Lo curioso es que los religiosos, aquellos de quienes sería lógico esperar que sintieran misericordia y compasión por la persona herida, se desentendieron del problema y, sin duda, en su opinión, con muy buenas razones y argumentos consideraron que era mejor no involucrarse.

El samaritano quien, por otra parte, no tenía ninguna razón lógica para implicarse y era comprensible y razonable que se desentendiera, no lo hizo y asumió el problema como propio.

Cada día, nos encontramos con problemas y necesidades humanas que demandarán de nosotros, como seguidores de Jesús y como colaboradores en la tarea de restaurar el universo, que no nos desentendamos.

Sin duda, tendremos que luchar contra argumentos, razones y justificaciones que nos invitarán a desentendernos y nos proveerán la cuartada adecuada para hacerlo. Sin embargo, siguiendo el ejemplo de Jesús y sus enseñanzas hemos de hacer un esfuerzo por no desentendernos.