EL PECADO DE OMISIÓN

Santiago era el hermano de Jesús y dirigente de la comunidad cristiana que se formó en Jerusalén tras la muerte del Maestro. Escribió una carta destinada a todas las comunidades cristianas existentes hasta aquel momento a lo largo y ancho de la cuenca del mar Mediterráneo. Es en este documento donde podemos leer la siguiente afirmación:


Porque quien sabe hacer el bien y no lo hace, comete pecado. (Santiago 4:17)

Santiago habla aquí del pecado de omisión.

Hace unas semanas tenía una charla con un viejo amigo que me aseguraba que era una buena persona y que no hacía mal a nadie y, por tanto, se consideraba a sí mismo intachable y, añadiendo un poco de irionía, yo diría que un dechado de virtudes. Sin duda, habrás escuchado en muchas ocasiones similar argumento, personas que se justifican afirmando que nunca dañan a nadie y, consecuentemente, han de ser reconocidas como justas. Con toda probabilidad, tal vez no hagan daño a nadie, pero ¿hacen algún tipo de bien a alguien?

Si queremos ser agentes de restauración colaborando con Dios en restaurar este universo roto y fracturado no basta con no hacer el mal, hemos de buscar intencional y proactivamente la práctica del bien, de lo contrario, estamos pecando con el pecado de omisión.

Según la Palabra de Dios, si tenemos la capacidad de reconocer el bien que está a nuestro alcance y no lo llevamos a cabo, estamos pecando por omisión. Si lo piensas, incluso en nuestro ordenamiento jurídico existe el delito de omisión de auxilio. En determinadas circunstancias, en nuestras leyes, no hacer el bien puede ser un delito punible y perseguible de oficio.

Los agentes de restauración consideran que cuando la oportunidad de hacer el bien esta a su alcance es su responsabilidad ejecutarla, no es la responsabilidad de algún otro.

RESTAURADOS PARA HACER EL BIEN

Pablo nos recuerda que Jesús nos ha restaurado para que a su vez, nosotros podamos restaurar a otros por medio de la práctica del bien. Lee estos dos fragmentos de dos de sus cartas:

Lo que somos, a Dios se lo debemos. Él nos ha creado por medio de Cristo Jesús, para que hagamos el bien que Dios mismo nos señaló de antemano como norma de conducta. (Efesios 2:10)


Fue Él quien se entregó por nosotros a fin de liberarnos de toda maldad y de prepararse un pueblo limpio y elegido, totalmente entregado a la práctica del bien. (Tito 2:14)

Ambos pasajes son muy claros y contundentes, hemos sido salvados del pecado y la condenación, es cierto, pero lo hemos sido con un propósito, entregarnos a la práctica del bien, convertirnos de este modo en agentes de restauración.


LA PRÁCTICA DEL BIEN EVIDENCÍA NUESTRA IDENTIDAD

Nuestra tendencia es a basar nuestra identidad cristiana en las cosas que creemos, en las doctrinas que seguimos, en la iglesia a la que pertenecemos. No digo que todas estas cosas no sean importantes ¡Lo son! Ahora bien, la Biblia nos indica que hay otra seña de identidad que debemos buscar y que nos ha de identificar como cristiano y agente de restauración, la práctica del bien.

Juan, el apóstol, es conocido como el discípulo a quien Jesús amó de una forma especial. Respecto a lo que estamos comentando escribe:

Pues quien se precia de vivir unido a Él [Jesús], debe comportarse como se comportó Jesucristo. (1 Juan 2:6)


Hijos míos, que nadie os engañe; el que practica el bien es justo, como Jesús es justo. (1 Juan 3:7)


En esto se distinguen los hijos de Dios de los hijos del diablo: quien no práctica el bien ni ama al hermano, no es hijo de Dios. (1 Juan 3:10)

El que no ama, no conoce a Dios, porque Dios es amor. (1 Juan 4:8)

¿Está presente esta seña de identidad en tu vida? ¿Puedes ser un agente de restauración sin buscar apasionadamente la práctica del bien?