1 PEDRO 2:11-12

Queridos hermanos, les ruego, como a extranjeros de paso por este mundo, que no den lugar a los deseos humanos que luchan contra el alma. 12 Condúzcanse bien entre los paganos. Así ellos, aunque ahora hablen contra ustedes como si ustedes fueran malhechores, verán el bien que ustedes hacen y alabarán a Dios el día en que él pida cuentas a todos.

Este pasaje habla acerca de la lucha interior que todo seguidor de Jesús experimenta y vive. Nadie puede evitar esta tensión interna entre lo que sabemos que es correcto, lícito, agrada a Dios, es justo es lo adecuado y lo que somos, no sólo capaces de pensar y desar, sino también de llevar a cabo. Pienso que esta es la parte más difícil de ser seguidor de Jesús, cuando nos damos cuenta que hay un monstruo que viven en nuestro interior y que, desgraciadamente, el paso del tiempo no hace que se vuelva más débil. Los deseos de nuestra vieja naturaleza pecadora siempre están ahí y siempre estarán.

Es la triste realidad de ser seres humanos rotos, fracturados, heridos por el pecado. El problema, en la mayoría de las ocasiones, no es el exterior, no son ni las presiones ni las tentaciones externas, sino más bien el ser humano roto que soy, la realidad de que el pecado, si queremos reconocerlo, ha hecho en nuestras vidas un daño mucho más profundo que el que la enseñanza moralizante nos ha permitido ver.

¿Qué podemos hacer con esta realidad interna? Creo que únicamente hay tres posibles caminos. Dos son autodestructivos, únicamente uno nos puede ayudar a crecer, madurar y poco a poco, en la mayoría de las ocasiones con más lentitud de la que quisiéramos, ver restauradas esas rupturas internas. La primera, es dar rienda suelta al mundo. Acceder antes nuestros deseos, satisfacerlos, alimentarlos. Creo que no hace falta decir mucho más acerca de la espiral de destrucción a la que esto nos puede llevar. La segunda, es negar la existencia de esta tensión y estos deseos. Pensar que un cristiano no debe, no puede, no ha de vivir, pensar, desear, esperar lo que los deseos nos invitan. Negar la realidad es simplemente postergar el problema. No podemos ni debemos negar que hay una realidad interna que no nos gusta, es más, que nos espanta y avergüenza. No podemos porque esa realidad es cierta y porque además la Biblia, como vemos en este pasaje la reconoce y acepta como real.

La tercera, la única que nos puede ayudar, de nuevo poco a poco, a crecer, es aceptar esta realidad y, en vez de darle rienda suelta, hablarla y comentarla con Jesús, el Señor. Ante Él podemos venir con la realidad que tenemos. Ante Él no hace falta ocultar ni pretender nada. Podemos con total honestidad y transparencia decirle cómo nos sentimos, que horror puede llegar a habitar dentro de nosotros y cómo necesitamos que nos de la fuerza para superarlo. Y, si caemos, volver y volver a confesar, tantas veces como sea necesario sabiendo que su amor y aceptación son totales e incondicionales.

UN PRINCIPIO

Podemos y debemos dialogar con Jesús acerca de la realidad que hay dentro de nuestras vidas.

UNA PREGUNTA

¿Cómo solucionas esas tensiones?