13 Por causa del Señor, sométanse a toda autoridad humana: tanto al emperador, porque ocupa el cargo más alto, 14 como a los gobernantes que él envía para castigar a los malhechores y honrar a los que hacen el bien. 15 Porque Dios quiere que ustedes hagan el bien, para que los ignorantes y los tontos no tengan nada que decir en contra de ustedes.
    16 Pórtense como personas libres, aunque sin usar su libertad como un pretexto para hacer lo malo. Pórtense más bien como siervos de Dios. 17 Den a todos el debido respeto. Amen a los hermanos, reverencien a Dios, respeten al emperador.

La relación de los seguidores de Jesús con la autoridad siempre ha sido un tema controversial. Hemos oscilado desde posturas de una obediencia servil a gobiernos injustos -porque eran la autoridad puesta por Dios- hasta la colaboración con los poderes políticos y económicos que, siempre, siempre, ha resultado perjudicial para los intereses del Reino. Nos movemos en esferas diferentes.

En primer lugar sería bueno el distinguir entre dos conceptos que, a menudo, se confunden, sumisión y obediencia. Sumisión es una actitud. La sumisión significa que reconocemos el hecho de que la autoridad es algo importante y necesario y que el concepto de autoridad es de origen divino, por tanto, la autoridad merece sumisión. Sin embargo, la obediencia es una acción que se debe hacia las autoridades que ejercen de manera correcta y adecuada el poder que tienen. Podemos afirmar que la sumisión es absoluta pero la obediencia siempre es relativa y está condicionada por la buena actuación de aquellos que ejercen la autoridad.

De hecho, el mismo Pedro, al escribir estas líneas indica que una buena autoridad es aquella que persigue el mal y premia el bien. Si una autoridad no actúa dentro de estos límites continuará mereciendo sumisión -es decir, reconocimiento de que es necesaria, de que la autoridad es un concepto importante que viene de Dios- pero en absoluto merecerá obediencia. Sólo cuando una autoridad es legítima y correctamente ejercida lo merece.

Vemos un caso muy claro en las parteras o comadronas de Egipto descritas en el capítulo primero y segundo del libro de Éxodo. En ella vemos claramente ilustrado este concepto de sumisión absoluta y obediencia relativa. Además, la propia Escritura nos enseña que es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres.

UN PRINCIPIO

Sumisión absoluta y obediencia relativa.

UNA PREGUNTA

¿Qué principios rigen tu relación con la autoridad?