La invitación que Jesús lanza a toda persona es a seguirle. Una y otra vez vemos esta invitación ofertada por Jesús, aceptada por unos y rechazada por otros (Mateo 4:19 y 20; 8:22; 9:9; 10:38, entre muchos otros)

Esta invitación la podemos encontrar en todos los evangelios. En el de Marcos, Jesús habla acerca de los requisitos necesarios para ser su discípulo y lo hace esta manera:

  • El que quiera ser mi discípulo, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; en cambio, el que pierda su vida por causa mía y del mensaje de salvación la salvará. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde la vida? Pues si alguien se avergüenza de mí y de mi mensaje delante de esta gente infiel y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga con la gloria de su Padre y con sus santos ángeles. (Marcos 8:34-38)


¿Qué quiere decir seguir a Jesús? Cuando alguien nos invita a seguirlo hay unas preguntas que de forma natural vienen a nuestra mente. Seguirlo ¿A dónde? ¿Para hacer qué? ¿Con qué propósito? No tiene demasiado sentido comenzar un peregrinaje sin saber a dónde vamos y con qué propósito.

Jesús nos invita a seguirlo con un doble propósito: En primer lugar, el quiere restaurar en nosotros las cuatro grandes rupturas provocadas por el pecado. ¿Recuerdas? La ruptura en nuestra relación con Dios, la ruptura interna, la ruptura en nuestra relación con otros y, finalmente, la ruptura en nuestra relación con la creación.

Es un proceso dinámico. Mientras le seguimos Él va trabajando en nosotros. El proceso de restaurar esas cuatro rupturas durará toda nuestra vida, nunca se acaba, de hecho, parece que cuanto más restauradas están estas áreas más conscientes somos de lo mucho que todavía queda. Pero, ahí vamos. Del mismo modo que un escultor va moldeando la estatua que tiene en mente y que saldrá del bloque de mármol y el tallista pule el diamante, de ese modo Jesús va trabajando día a día en nosotros ese proceso de restauración.

Seamos realistas. En ocasiones ese proceso será doloroso. Muchos cambios acostumbran a serlo. En ocasiones, colaboraremos gustosos con Jesús y su trabajo, en otras ofreceremos resistencia. Un amigo mío, corredor de fondo como yo, afirmaba que sólo cambiamos cuando el dolor de cambiar es menor que el dolor de permanecer como estamos.

En segundo lugar, Jesús nos invita a seguirle y colaborar con Él en el proceso de restaurar el mundo. Ayurdarle para que el mundo sea lo que debió de ser y nuestro pecado, nuestra rebelión contra Él impidió que fuera. Como ya hemos visto en ocasiones anteriores, este fue el motivo por el cual Jesús vino. Juan, uno de sus seguidores, lo afirmó cuando en una de sus cartas dirigida a las comunidades cristianas escribió:

  • Precisamente para esto ha venido el Hijo de Dios; para deshacer lo hecho para el diablo. (1 Juan 3:8)

El mismo Juan, en su evangelio afirma:

  • Tanto amó Dios a la creación (la palabra en griego es cosmos, que tiene el significado de todo lo creado) que no dudó en entregarle a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. (Juan 3:16)

El gran triunfo del diablo consistió en incitar al hombre a revelarse contra Dios. El resultado, las cuatro grandes rupturas o fracturas que aún a día de hoy siguen afectando a todos los seres humanos. El pecado produjo una catástrofe de dimensiones cósmicos, que afectó a todo el universo, por eso, el plan de Dios es un plan para restaurar todo lo creado.

En esta tarea ingente de ayudar a restaurar el universo Jesús nos invita a ser colaboradores suyos. El seguimiento de Jesús, por tanto, no es en absoluto pasivo. Mientras le seguimos, nos va restaurando. Mientras nos restaura, le ayudamos a restaurar a otros. Pablo, otro de los seguidores de Jesús lo afirma cuando escribe a los cristianos que se reunían en la ciudad de Corinto, en la antigua Grecia:

  • Nosotros somos colaboradores de Dios; vosotros, campo que Dios cultiva, edificio que Dios construye. (1 Corintios 3:9)

Quiero llamar tu atención sobre la naturaleza del verbo seguir. Es dinámico, no estático. Seguir implica movimiento, proactividad, cambio, proceso y transformación. El verbo seguir te da pistas para comprender la naturaleza de la vida cristiana y de la invitación de Jesús.

Una de las metáforas que puede ayudarnos a un mejor entendimiento de la vida cristiana es la del peregrinaje. Somos peregrinos siguiendo a Jesús. El peregrino es definido por el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española como alguien que camina por tierras extrañas. Así es, somos seguidores del Dios hecho hombre que nos invita a la apasionante, costosa y desafiante aventura de seguirle para ser restaurados y ayudar a restaurar a otros.