1 JUAN 3:1-3

1 Mirad qué grande es el amor del Padre, que nos llamamos hijos de Dios, ¡y lo somos! Sin embargo, el mundo no nos reconoce porque no conoce a Dios.

 2 Sí, amados, ahora somos hijos de Dios; pero todavía no se ha manifestado lo que después hayamos de ser. Pero de una cosa estamos seguros: cuando Cristo venga, seremos semejantes a él y le veremos tal como es.

 3 Y todo aquel que tenga puesta en él su esperanza, se purifica a sí mismo para ser puro como él lo es.

Cuando soy capaz de ser objetivo y mirar desde la distancia mi experiencia como ser humano, en esos momentos de lucidez que uno observa desde afuera su propia vida y realidad veo con toda lucidez que no soy el tipo de persona que Dios pensó y diseñó. Me doy cuenta que algo está mal en la experiencia de humanidad, algo nos pasa a los seres humanos, a todos sin excepción, que nos hace vivir de una forma tan rota, tan fracturada, tan en conflicto con nosotros mismos. Cuando consigo esos estados de lucidez antes mencionados es cuando me doy cuenta hasta que punto el pecado, nuestro deseo de vivir al margen de Dios, nos ha convertido en un proyecto fallido de humanidad que, a nuestra imagen y semejanza, hemos construido un proyecto roto, fracturado y, en buena parte, corrompido de sociedad pues, al fin y al cabo, lo que hemos creado es una extensión de lo que somos.
Por eso leer estos versículos de Juan traen esperanza, sentido, dirección y razón de ser a mi vida. El propósito de nuestro seguimiento de Jesús es parecernos a Él, ser, como dice la Escritura en tantas y tantas partes, hermanos pequeños de Jesús. Porque cuando miramos a Jesús vemos todo lo que hubiéramos podido ser como seres humanos si el pecado no hubiera destrozado nuestra humanidad y no nos hubiera convertido en la piltrafa que somos.
Ser semejantes a Jesús, ser auténticamente humanos, ser las personas que nunca hubiéramos dejado de ser. Un proceso, algo inacabado, a lo que seguimos aspirando y trabajando hasta que un día, en un futuro escatológico, realmente Jesús sea formado plenamente en nosotros.
Un principio
Seguimos a Jesús para que su carácter sea formado en nosotros.
Una pregunta
¿Cuál es el estado de tu seguimiento de Jesús?