1 JUAN 4:1-6

 1 Amados, no confiéis en el espíritu de cualquiera, sino discernid los espíritus poniéndolos a prueba, porque muchos falsos profetas han surgido y andan por el mundo.

 2 La presencia del Espíritu de Dios se reconoce en esto: todo espíritu que procede de Dios confiesa que Jesucristo se encarnó en cuerpo mortal, asumiendo nuestra naturaleza humana.

 3 Por lo tanto, cualquier espíritu que no confiesa de ese modo a Jesús, no procede de Dios, sino que es el espíritu del Anticristo, del que oísteis que ha de venir, y que ya está ahora manifestándose en el mundo.

 4 Hijitos, vosotros sois de Dios y habéis vencido a los enemigos de Cristo, porque el Espíritu que está en vosotros es mayor que el espíritu que está en el mundo.

 5 Como ellos son del mundo, hablan de asuntos propios del mundo, y el mundo les presta atención.

 6 Pero nosotros somos de Dios; el que es de Dios nos escucha, pero el que no lo es, no nos escucha. De este modo tenemos otra posibilidad de conocer si un espíritu procede o no procede de Dios.

 

Aunque parece complicado este pasaje no lo es. Lo complicado del mismo son las implicaciones, sin embargo, vayamos por partes. El apóstol habla de pretendidos profetas, gente que afirma que posee el espíritu de Dios. Juan indica que debemos verificar que esto es verdad y la prueba de toque consiste en saber si aceptan o, por el contrario, niegan la real humanidad de Jesús. No es nada nuevo, a lo largo de los siglos han salido desviaciones de la fe cristiana que han negado que Jesús fuera un auténtico, genuino y total ser humano. También se han dado casos en el extremo contrario, aquellos que han negado la divinidad del Maestro.

Después de esta afirmación indica que nosotros, los seguidores de Jesús, pertenecemos a Dios, hemos vencido a esos pretendidos profetas y aquel que está en nosotros, Jesús, es mucho mayor que el que controla el presente sistema que la Biblia denomina el mundo.

Y, para finalizar, suelta la última de sus afirmaciones, el que es de Dios nos escucha, pero el que no lo es, no nos escucha. Esto puedo llevarnos a la simplista idea de pensar que cuando nosotros hablamos acerca de Dios y alguien nos rechaza es una señal evidente de que no pertenece a Dios pues, como afirma de forma rotunda Juan, si lo fuera nos escucharía.

No es tan sencillo, creo que debemos ser más profundos al respecto ir más a la esencia. Nos escucharán o rechazarán si hablamos las cosas de Dios pero hemos de estar seguros y hemos de verificar que claramente hablamos lo que Dios dice y no aquello que nuestro sistema religioso, nuestra iglesia o nuestra denominación enfatiza y que no necesariamente debemos confundir con lo que Dios enseña. Puede darse el caso que nos estén rechazando a nosotros, no al Señor. Del mismo modo puede darse el caso que nos estén escuchando a nosotros y no a Dios. Debemos pues ser muy cuidadosos al hablar y estar muy seguros que somos fieles a transmitir lo que el Señor dice y no aquello que nosotros creemos que dice, le hacemos decir o aseguramos que ha dicho.

 

Un principio

Asegurarnos que somos fieles en transmitir el mensaje del Señor sin añadidos culturales, religiosos o denominacionales.

Una pregunta

¿Qué transmites?