1 JUAN 3:19-24

19 Así sabremos a ciencia cierta que somos de Dios, y tendremos la conciencia limpia cuando comparezcamos ante su presencia.

 20 Aun cuando nuestra conciencia nos condene, Dios es mayor que nuestra conciencia, y él sabe el qué y el porqué de todas las cosas.

 21 Amados hermanos, si nuestra conciencia no nos condena, podemos presentarnos confiadamente delante de Dios,

 22 y cualquier cosa que pidamos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos y nos conducimos rectamente, haciendo lo que es grato a sus ojos.

 23 Y en esto consiste su mandamiento: en que creamos en su Hijo Jesucristo y nos amemos unos a otros.

 24 El que guarda los mandamientos permanece en Dios, y Dios en él. Y sabemos que Dios permanece en nosotros por el Espíritu Santo que nos ha dado.

 

¿Cómo podemos saber a ciencia cierta que pertenecemos a Dios? ¿Por estar asistiendo a la iglesia correcta? ¿Pertenecer a la denominación auténtica? ¿Tener una posición de liderazgo dentro de nuestro grupo? ¿Poseer y creer la confesión de fe más histórica de todas las existentes? ¿Haber orado la oración del pecador? ¿Estar bautizado? ¿Haber recibido a Jesús como Señor y Salvador?

A los ojos de Juan tener esta certeza no es demasiado difícil. De hecho, durante los capítulos anteriores ha ido dando pistas una y otra vez y, casualmente, o no, todas van en la misma dirección, la forma en que vivimos. Estos versículos no son, ni mucho menos, una excepción, simplemente guarda sus mandamientos -no en una caja fuerte, sino practicándolos- y ama -de la forma práctica que mencionó en los versículos anteriores- a tu hermano.

 

Un principio

Obediencia y amor son dos evidencias de pertenecer a Dios.

Una pregunta

¿Qué evidencias hay en tu vida de ambas cosas?